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CAPÍTULO 4: EL VERANO DE 2003

En la universidad pronto amplié el círculo más allá de mi clase y, en buena medida, suplí la falta de compañeros apoyándome en la vida social de la residencia. Tener turno de tarde, que al principio me pareció una tragedia, acabó siendo una bendición, porque me permitía levantarme, sin remordimientos, a mediodía.

Lo que no supe valorar entonces, pero ahora veo con claridad, es que la carrera me encantaba. No había llegado allí con una vocación perfectamente definida. Como casi todos los estudiantes de mi generación, elegí más por instinto que por conocimiento. Más que tener claro lo que quería ser, lo que tenía era una intuición difusa y bastantes dudas.

A mí siempre me había gustado escribir, así que, en algún momento, el periodismo apareció como una salida lógica. No me veía, la verdad, sacando la nota que hacía falta para estudiar en Santiago. Los idiomas no se me daban mal y mi madre tiraba más por traducción. Pero yo no terminaba de verme en ninguno de esos caminos. En casa, de todos modos, se pensaba de una forma bastante práctica. Tampoco hacía falta descubrir una vocación arrebatadora. Bastaba con terminar una carrera, tener un título y dejar más o menos encarrilado el futuro, idealmente con algo de baremo y unas oposiciones en el horizonte.

No era tanto una decisión como una sensación difusa de no encajar del todo en lo que tenía delante. Yo era bastante anárquico y, dicho de un modo un poco más fino, bastante dado a sospechar de las versiones oficiales.

Recuerdo que, en segundo de bachillerato, leímos en clase de Geografía un artículo sobre el 11-S. Me llamó la atención enseguida. Tenía un enfoque crítico, sensato, distinto. Al enterarme de que lo había escrito un sociólogo, descubrí que había gente que analizaba la realidad con más profundidad y más criterio que muchos periodistas. No supe nombrarlo entonces, pero aquello se me quedó dentro.

Por suerte, en lo que no me equivoqué fue en la elección. Desde el principio, la sociología me atrapó. A veces pienso que me eligió ella a mí y no al revés. Yo, que en el instituto buscaba los resúmenes en El Rincón del Vago, durante la carrera me leía hasta los libros voluntarios. Y, como suele pasar cuando te gusta lo que haces, los resultados también acompañaron. Tras el primer curso, por primera vez en varios años, pude disfrutar de un verano sin la losa de septiembre.

Mi padre, que para estas cosas era bastante desconfiado, no acababa de creérselo. Como mi primo ya le había hecho antes una jugada parecida a mi tía, sospechaba que yo podía haberle falsificado las notas. Sin decirme nada, llamó a la universidad para comprobarlo. Como yo ya era mayor de edad, no querían dárselas, pero en cuanto pronunció las palabras mágicas, algo así como que o le decían las notas o me daba inmediatamente de baja, porque al fin y al cabo era él quien pagaba, se las leyeron una por una. Y no eran solo aprobados. Hasta había sacado algún sobresaliente. Aquella pequeña victoria frente a Secretaría Académica se convirtió en una de sus anécdotas favoritas durante años.

Aunque no fui consciente entonces, ahora veo que aquel fue el verano en que mi vida empezó a cambiar de verdad. Justo al revés que la mayoría de la gente de mi promoción, tras el primer curso yo tenía tiempo y, además, tenía a mis padres contentos.

Fue una de las pocas veces en las que estuve en el sitio adecuado en el momento justo. Jugando una pachanga, mi amigo Guzmán, uno de esos mayores que me habían ayudado a esquivar collejas cuando era más pequeño, me comentó que unas semanas después se iba a Italia con sus compañeros de clase de italiano. Era un viaje de intercambio organizado por profesores de la USC. No sé si hubo una baja de última hora, si alguien se echó atrás o cómo acabé exactamente metido en aquel plan, pero el caso es que me terminé apuntando.

Dicho así puede parecer una tontería, pero en aquel momento no lo era. Viajar no tenía nada que ver con ahora. No existían las low cost, ni Airbnb, ni los smartphones. Salir fuera seguía teniendo algo de salto al vacío, o al menos de aventura manejable. Para mí, además, era la primera vez que iba al extranjero sin mis padres y sin el corsé relativo de esos intercambios del instituto en los que, por mucho que creas que vas por libre, siempre estás bastante controlado. Aquel viaje tenía otro sabor. Era mucho más imprevisible y, por eso mismo, bastante más excitante.

El intercambio era en Salerno, un nombre que en aquel momento no significaba absolutamente nada para mí. En Campania, la ciudad que se llevaba toda la fama era Napoli, envuelta además en esa imagen de ciudad pericolosa que entonces circulaba por todas partes. A nosotros, por si acaso, nos prohibieron ir. Tampoco había oído hablar de la Costa Amalfitana, que hoy parece estar en todas partes, convertida en decorado de Instagram y destino aspiracional. No sabía que allí estaba la isla de Capri. En aquel momento, para mí, estos destinos vinculados con el lujo eran lugares que simplemente no existían.

Salerno quedaba a la sombra de todo eso. Tenía algo de Pontevedra en versión italiana, a la sombra de Vigo como ciudad y de Sanxenxo como epicentro turístico. Era una ciudad menos mitificada, más normal, y quizá por eso me resultó más fácil entrar en su ritmo. Incluso la Salernitana, que vestía de grana como el Pontevedra CF, me generaba una cercanía un poco absurda pero bastante inmediata. Aún recuerdo que su derbi era con el Avellino.

Pasé quince días allí sin haber hablado una palabra de italiano en mi vida, pero allí estaba. Además, como aquello era una especie de intercambio, un montón de chicos que estudiaban español estaban con nosotros, así que no íbamos del todo como turistas. Estábamos bastante metidos en la ciudad, en su ambiente, en su ritmo, en esa manera tan italiana de estar y de hablar que entonces me fascinaba. Aunque parezca increíble, aún recuerdo algo de aquel italiano improvisado. Andiamo a la spiaggia.

También me quedó, con el tiempo, una cierta sensación de haberme perdido cosas. Me arrepiento, con los años, de no haberme escapado a Napoli y también de haberme quedado dormido, seguramente con resaca, el día de la excursión al Vesubio.

Pero uno va aprendiendo a asumir sus propias imperfecciones. Y, en realidad, lo que de verdad se me quedó grabado fue otra cosa. Mucho más simple.

Recuerdo un paseo cualquiera, de esos sin más, yendo a cenar. Una calle estrecha, una ventana grande con rejas, la cortinilla a medio correr. Dentro, un salón que parecía detenido en otra época, con una televisión enorme, de esas de los años ochenta. Y encima, tres imágenes que, en aquel momento, no supe del todo cómo interpretar.

Un Jesucristo en la cruz colgado en la pared. Don Vito Corleone, enmarcado, sobre la televisión. Y un póster de Diego Armando Maradona con la camiseta del Napoli.

Esa especie de santísima trinidad del sur de Italia me dejó completamente descolocado. No sabría explicarlo entonces, pero aquella imagen se me quedó dentro. Estoy casi seguro de que lo primero que hice fue esbozar una sonrisa, pero con el tiempo fue ganando mucho más significado.

Después de Italia, de las festas de As Neves y de las Peregrinas, todavía me quedaba margen antes de volver a Madrid. El calendario académico, antes de Bolonia, permitía que el curso empezase bastante más tarde y septiembre todavía parecía verano.

A principios de ese mes, en un internet al que se accedía ocupando la línea telefónica gracias a un módem de 56 kb, estaba buscando unas clases de windsurf baratas. Había hablado con mi amigo José Ángel de hacer un curso juntos. Sin saber muy bien cómo, encontré un anuncio que ofrecía clases de surf gratuitas. Como la teoría dice que casi nunca nadie regala nada, mi padre, por eso de que un adulto impone un poco más y porque sospechaba de cualquier cosa que sonase demasiado bien, llamó él a ver si era un timo, una secta o vete tú a saber qué película se había montado en la cabeza.

Días después de aquella llamada, acabé en Foxos, una de las playas más bellas que he visto. La idea era ir con José Ángel, pero al final, no sé muy bien por qué, no vino y acabé yendo solo. Y, aunque suene a tópico, fue allí donde mi vida cambió.

En el momento en que, por primera vez, me deslicé sobre la superficie de una ola, fui consciente de que algo ya no iba a ser igual.

Nunca antes había experimentado una sensación parecida. Solo quería volver a tenerla otra vez, y otra vez, y otra vez. No sé cuántas olas pude recorrer aquella mañana de finales de verano, pero, en mi frágil memoria, tan de gallego exagerado, fueron cientos.

Al salir del agua no podía caminar. Prácticamente me arrastraba por la arena. Estaba destrozado físicamente, pero de mi interior emanaba una energía extraña, indescriptible, que, incluso aunque intentase evitarlo, me hacía sonreír. Pueden pasar años, puedo olvidarme de miles de cosas, pero esa sensación de felicidad sigue ahí, grabada a fuego.

Estoy seguro de que tiene una explicación racional, una mezcla de factores: el entorno, el agua salada, el sol y la segregación de adrenalina, dopamina, endorfinas y a saber cuántas hormonas más. Bendita mezcla adictiva.

Durante el baño me fijé en que había un montón de gente a mi alrededor. Algunos eran del club y otros no, pero, evidentemente, no era su primer día. Sin duda experimentaban sensaciones parecidas a las mías, así que no era difícil imaginar por qué volvían una y otra vez. Necesitaban su dosis de felicidad.

Comprendí que aquello no era como ir a jugar al futbito, que es divertido, pero no tan adictivo. También me llamó la atención todo lo que rodeaba a eso de ir a coger olas: los coches, los artilugios, las tablas, los inventos, la parafina, los rascadores, los grips, las quillas. Cuántas cosas nuevas.

Descubrí un mundo del que no sabía nada y me moría de ganas de conocerlo mejor. La apatía de adolescente sin rumbo se convirtió, casi por casualidad, en curiosidad vital.

Aquel verano, sin que yo lo supiese entonces, me cambió mucho más de lo que parecía. Forjar la amistad con Guzmán, convertirnos en fratellos, supuso encontrar un faro, un guía académico y profesional, un referente intelectual y pragmático al que seguir. El surf, o mejor dicho, el bodyboard, me enseñó otro camino. Uno vital.

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