
CAPÍTULO 3. NUNCA MAIS
Aunque yo no lo sabía, en mi casa la decisión estaba tomada: me iba a estudiar fuera. Pese a que, al parecer, se valoraron otras opciones, Sociología en Madrid fue la decisión final. Ahora es muy habitual que los universitarios estén repartidos fuera de sus comunidades autónomas e incluso fuera de España. No soy tan mayor, pero en aquel momento la normativa era bastante rancia y todavía no existía el distrito universitario único. Eso significaba que, como norma general, debías estudiar en las universidades de tu comunidad autónoma. Afortunadamente, si no había los estudios que querías en la tuya, podías matricularte en otra, aunque evidentemente no era nada fácil.
Dos días después de las notas de Selectividad ya estaba matriculado en una universidad privada religiosa, la Pontificia de Salamanca, campus Madrid. Mi padre lo tenía todo bastante previsto y, por mi forma de ser, también sabía que no me iba a quejar demasiado. Aunque para otras cosas era muy reaccionario, entendía, como tantos padres, que lo importante era asegurar el futuro. Al ser hijo único, sentía que no había mucho margen de error. Su idea siempre fue que me formase, pero con la vista puesta en el funcionariado; cualquier oposición que me garantizase un sueldo estable le parecía una buena salida. Esa mentalidad, ese miedo muy de su generación a morirse de hambre, apareció más de una vez a lo largo de mi vida. En aquel momento, sin embargo, yo no tenía ninguna visión de largo plazo. Solo faltaba la confirmación de que me aceptaban en la Residencia Universitaria Duque de Ahumada. Para quien no le diga nada ese nombre, ese señor fue el fundador de la Guardia Civil. Sí, mi padre es guardia y aquella era una residencia para hijos y familiares de la benemérita. Aun así, él siempre me había mantenido bastante lejos del círculo militar. Fue un guardia muy pragmático y, como además era raso, no quería que yo sufriese el escalafón social del cuerpo. Ni siquiera íbamos al pincho de la Patrona.
Debo reconocer que, con eso de que la residencia era militar, estaba un poco asustado. No es que fuese un hijo único malcriado, o eso quiero pensar, pero no me veía encajando en un engranaje militarizado. Y como siempre me gustó hacer el idiota, yo, que era de llevar greñas, antes de irme me corté el pelo al uno, como si fuese a la mili. Como pertenezco prácticamente a la primera generación de españoles que ya no estaba obligada a hacer el servicio militar, pensaba que, en el peor de los casos, sería algo parecido, pero sin instrucción ni jura de bandera. Mi padre, por su parte, aplicó la pedagogía que luego, de un modo u otro, acabaría guiando bastantes decisiones de mi vida: si sale mal, a final de curso te vuelves.
Mis primeras semanas como universitario distaron bastante de lo que cualquiera podría imaginar. Al principio me costó asimilar el ambiente de mi facultad, porque yo me esperaba vivir mi propio American Pie y me vi dentro de un absurdo guion de Monty Python. El volumen de alumnos tampoco era muy normal. Éramos cinco en clase y uno de ellos, Papy, un congoleño negro, no hablaba ni español. Ahora, visto desde el otro lado, entiendo que fui un privilegiado. Pero lo más importante de aquellos días no fue poco a poco ir aclimatándome a una nueva vida en ese nuevo mundo.
Llevaba pocas semanas en Madrid cuando ocurrió lo del Prestige. Recuerdo un día cualquiera de principio de curso. Salí de clase, ya de noche, y bajé las escaleras del metro de Metropolitano con la cabeza en cualquier otra cosa. Supongo que en lo de siempre a esa edad. Clases, gente, planes, nada importante.
Al llegar al andén levanté la vista casi por inercia y me quedé mirando las pantallas. Entre titulares que pasaban rápido apareció una noticia que me descolocó. Un petrolero monocasco a unas millas de la costa de Galicia. Posible desastre medioambiental. Imágenes cortadas, palabras sueltas, datos incompletos. Galicia. Vertido. Riesgo.
No sabría decir en qué momento exacto me recorrió el escalofrío. Fue algo físico. Como si el cuerpo entendiese antes que la cabeza lo que estaba pasando. Me quedé quieto, mirando cómo las imágenes volvían una y otra vez, cómo las palabras se repetían sin terminar de explicar nada y, sin embargo, lo decían todo.
Y de pronto, sin aviso, me puse a llorar allí mismo, en el andén.
No era algo habitual en mí. Ni siquiera lo entendía. No había pasado nada todavía, o al menos no del todo. Pero había algo en esa mezcla de distancia y pertenencia que me desbordó. Estaba en Madrid, rodeado de gente que seguía con su rutina, y al mismo tiempo sentía que algo muy mío estaba a punto de romperse a cientos de kilómetros.
Intenté contenerme, pero no pude. Las lágrimas salían solas, como si el cuerpo estuviese reaccionando por su cuenta. Recuerdo la sensación de desprotección, de estar lejos y no poder hacer nada, de ver cómo algo que formaba parte de mi mundo aparecía reducido a imágenes que entraban y salían de una pantalla.
Con el paso de los días entendí que lo más duro no era solo la catástrofe, sino la forma en que se estaba gestionando. Las decisiones políticas, el debate sobre qué hacer con el petrolero, si alejarlo mar adentro con la esperanza de que no rompiese o asumir el impacto concentrándolo en costa. Aquello no era solo un accidente. Era también una forma de actuar sobre el territorio.
En clase hablábamos de ello. Del impacto mediático, de la gestión política, de cómo una catástrofe ambiental podía convertirse también en un campo de disputa simbólica. Recuerdo especialmente el clima que se generó en torno al Nunca Máis, las manifestaciones, esa sensación de que estaba pasando algo que iba más allá del propio vertido. Había indignación, pero también pertenencia y una toma de conciencia que, vista con distancia, fue bastante formativa.
Todavía no surfeaba, pero mi sensibilidad ambiental ya estaba ahí. En casa llevábamos años conviviendo con el conflicto de ENCE en la ría de Pontevedra, un tema que en la ciudad siempre ha generado posiciones muy marcadas. Entre la Asociación pola Defensa da Ría y los trabajadores de la fábrica, el debate nunca fue sencillo. Yo siempre tuve la sensación de que defender la ría no tenía por qué significar ir en contra de los trabajadores. Que tenía que haber soluciones intermedias, formas de proteger el entorno garantizando al mismo tiempo la empleabilidad de la plantilla en la ciudad, incluso manteniendo condiciones laborales que en muchos casos estaban por encima de la media de la comarca. Quizá era una visión ingenua, pero era la que tenía entonces y, en parte, sigo pensando que el problema nunca fue comarcal, que entre convecinos podíamos entendernos, pero más difícil con los burócratas e inversores. El problema nunca fue tan simple como a veces se planteaba.
A una de aquellas manifestaciones fui solo. No había quedado con nadie y tampoco era tan fácil entonces organizarse. Llegué por mi cuenta y me encontré unas calles llenas, llenísimas, de gente. Había pancartas por todas partes, una marea humana avanzando despacio y una sensación de gravedad compartida que se notaba en el ambiente.
En medio de todo aquello me encontré con gente de mi instituto. No éramos especialmente amigos ni habíamos quedado. Simplemente estaban allí. En aquel momento no le di demasiada importancia. Supongo que me pareció normal, dentro de aquella multitud, encontrarme caras conocidas. Ahora, sin embargo, soy consciente de que fue una casualidad brutal, una coincidencia afortunada y también una manera de vivir aquel día acompañado. Ellos habían venido desde Galicia para estar allí. Yo no había tenido que moverme más que unas pocas estaciones de metro. En aquel momento no pensé demasiado en eso, pero demostraban un grado de compromiso que entonces quizá no supe valorar del todo. Tal vez por eso, al recordarlo, también me vuelvo más consciente de mis propias contradicciones.
Nunca fui a limpiar chapapote. Y lo pensé. Pero en aquel momento estaba convencido de que aquello no debía depender de voluntarios, de gente que se organizaba como podía, sino de quienes tenían la responsabilidad de evitar que algo así ocurriese y de gestionarlo cuando ocurría. Con el tiempo he matizado bastante esa posición. Entiendo mejor el valor de la acción colectiva, de la implicación directa y de la gente que, sencillamente, no esperó a que nadie resolviese nada para ponerse a hacerlo. Pero también sigo viendo en aquella intuición una pregunta que me parece válida. Hasta qué punto normalizamos que determinadas responsabilidades se desplacen hacia la sociedad cuando en realidad deberían estar en otro lugar.
Meses después, durante los exámenes de junio, me fui a estudiar a la biblioteca Nicolás Salmerón. Un día entraron Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy a pedir el voto para las próximas elecciones. Recuerdo perfectamente el frío que me recorrió al verlos aparecer allí, dándonos la mano uno a uno como si nada. Como si fuese una visita más, una escena normal de campaña, una rutina democrática sin sombra detrás.
Yo quería callarme. De verdad que quería. No me apetecía montar nada, ni llamar la atención, ni convertirme en protagonista de nada. Pero sentí que, si me callaba, me estaba traicionando un poco a mí mismo y, de algún modo difícil de explicar, también a Galicia. Tenía que decir algo. No insultar, no perder las formas, no ponerme a gritar. Pero sí dejar claro que aquello me parecía intolerable.
No recuerdo las palabras exactas. Sí recuerdo el tono con el que las dije. Le hablé a Rajoy como alguien que era de Pontevedra, como él, y que no entendía cómo podía estar allí pidiendo el voto después de lo que había pasado. Intenté ser duro sin ser bronco, decirle sin decirle que me parecía una vergüenza. Mientras hablaba, se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas. No era solo enfado. Era algo más confuso, más hondo, una mezcla de impotencia, dolor y rabia contenida.
Cuando terminé, la gente aplaudió. Me aplaudió la sala entera. Incluso la bibliotecaria, al salir, me felicitó. Creo que fue la primera vez en mi vida que me aplaudían.
Visto ahora, creo que todo aquello me afectó más de lo que fui capaz de entender en su momento. No solo por lo que pasó, sino por cómo lo viví desde la distancia, por cómo apareció en mi día a día en Madrid, en clase, en la conversación, en la calle. Fue una de las primeras veces en las que empecé a percibir con cierta claridad que los problemas ambientales, políticos o sociales no son algo abstracto ni lejano, sino algo que atraviesa directamente la vida de la gente. También la mía.

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