De niño fui bastante buen estudiante y mis padres se esforzaron por educarme para que no dijese palabrotas y tuviese hábitos de gente culta. Me vestían bastante clásico comparado con los niños de ahora, pero, en realidad, ningún niño vestía guay en los noventa. En clase era aplicado y quizá hasta un poco sabidillo. Con el tiempo me di cuenta de que tenía alma de pardillo y de que había comprado muchísimas papeletas para haber recibido bullying al llegar al instituto.

Ahora que el tema del acoso ocupa tanto espacio público, le he dado muchas vueltas a aquellos años. En los dos mil no se hablaba de estas cosas como se habla hoy, pero eso no significa que no existieran. Existían, claro. Solo que muchas veces se confundían con el carácter, con el crecimiento, con aprender a espabilar o con la ley no escrita del patio. He pensado muchas veces en ello y creo que, posiblemente, fueron las canchas del barrio, donde los mayores me curtieron, las que hicieron que, en vez de recibir collejas, muchas veces me tocase estar en el otro lado. No necesariamente dando, pero sí entendiendo demasiado pronto que, para sobrevivir en ciertos grupos, a veces bastaba con no desmarcarse.

Quizá por esa capacidad de restarle importancia cuando me tocó recibir, guardo buen recuerdo de la adolescencia, que para mí fue un momento de descubrimiento personal y de experimentación social. Yo era realmente feliz en el instituto. También ayudó que me convertí en un disidente de la educación generalista y prefería ir a jugar unos fúbolos o a comerme unas pipas en el Campillo antes que estar de cuerpo presente en unas clases que me obligaban a memorizar un montón de datos asépticos. Esa calle en horario lectivo, ayudada por las múltiples huelgas, pudo ser mi primer proyecto sociológico, y no me di cuenta hasta hoy.

Aunque nunca repetí curso, segundo de bachillerato fue, con diferencia, el año más difícil de toda mi vida académica. Si hay algún padre leyendo esto, que tenga en cuenta que es un curso durísimo y que, aunque tengamos cuerpo grande, seguimos siendo muy niños para gestionar toda la presión sobre el futuro que se nos echa encima. En mi caso, ya venía arrastrando una pendiente de primero, matemáticas, que no es poca cosa: una asignatura más puede ser un lastre serio cuando ya vas bastante justo de motivación, de método y, por qué no decirlo, de madurez. En junio de segundo de bachillerato me quedaron para septiembre economía y galego. Sí, GALEGO. Algo que, visto con distancia, marcó de forma radical el rumbo de mi vida.

No voy a entrar demasiado en el detalle de un sistema bastante lamentable en el que yo tampoco era precisamente el alumno más eficiente del mundo, pero sí recuerdo muy bien la sensación de estar atrapado en una maquinaria sin pasión, sin calle y sin horizonte. Con economía hubo un lío difícil de explicar: exámenes aprobados que desaparecían, versiones contradictorias y una sensación bastante desagradable de arbitrariedad. Yo seguramente me merecía suspender. Lo que no me merecía era suspender así. Años después, la sociología me ayudaría a ponerle palabras más precisas a intuiciones que entonces solo sentía con rabia: no todo el mundo era tratado igual, no a todo el mundo se le aplicaba el mismo celo, no todo fracaso escolar era simplemente fracaso individual.

Con galego el asunto fue todavía más doloroso, quizá porque ahí no solo estaba en juego una nota, sino una forma de pertenencia. Nos mandaban memorizar literatura muerta, listados, clasificaciones: un galego académico, biográfico, poco social, poco vivo. Copiaba todo el mundo y, además, existía la bajeza moral de suspenderte si suspendías otra, como si una materia no se evaluase por lo que sabías de ella, sino por una especie de ley no escrita sobre quién merecía pasar y quién no.

Y, sin embargo, afortunadamente no le cogí odio al galego. Debería. Tenía motivos de sobra. Pero no se lo cogí. Supongo que ayudó que guardaba un buen recuerdo de Susi, mi profesora de galego en la ESO, que sí transmitía amor por la lengua. Explicaba con convicción, con cercanía, con entusiasmo y conseguía que aquello pareciese una lengua viva y no un cadáver escolar. También ayudó algo más profundo: que, por mucho catálogo de artigos, fonemas y excepciones que no me aprendiese, yo sabía de dónde venía. Son neto do rural, do leghón, do porco e da vendimia; pouco hai máis ghalego ca iso. Lo que me estaban enseñando, sin embargo, era un galego muy académico, muy biográfico, con muy poca rúa y casi nada de social.

Tardé años en entender del todo lo que me faltaba en aquella enseñanza. Tuve que viajar miles de kilómetros y volver para comprender hasta qué punto era importante que el galego mirase también hacia la lusofonía, abriese la lengua al mundo y nos diese herramientas para comunicarnos más allá de la Raia. En aquel momento yo no sabía formularlo así, pero ya intuía que me estaban enseñando algo demasiado estrecho para una realidad mucho más amplia.

Al final, con mi aprobado raspado en la convocatoria de septiembre de las pruebas de acceso a la universidad, podría haber estudiado Ciencias Políticas o Sociología, que eran primera y segunda opción en mi matrícula universitaria. La primera me atraía más por la posibilidad de vivir, con la mayoría de mis amigos, en Santiago de Compostela; la segunda era la que realmente me interesaba. La opción de vivir en A Coruña también me seducía bastante, porque era y sigue siendo una de mis ciudades favoritas. Con su playa urbana. Con mi Dépor.

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