Leer Prefacio San Jordi Edition
CAPÍTULO 1. LA IMPORTANCIA DEL CONTEXTO
Aunque a unos veinte kilómetros de mi casa hay olas y siempre existió una nutrida comunidad surfera en mi ciudad, nadie de mi entorno más cercano surfeaba a principios de los años dos mil. En aquella época, de niñato de instituto, muchos adolescentes vestíamos con ropa de estética surf y skate, aunque muy pocos, por no decir ninguno, practicaran con cierta destreza ninguna de las modalidades de deslizamiento. Además de las carísimas marcas australianas y californianas que vendían en las surfshops de la ciudad y que conseguíamos más baratas gracias a las falsificaciones de la Fortaleza de Valença, había una marca local que era realmente popular. Sinsemilla, una de las primeras tiendas de surf de Pontevedra, produjo una línea de ropa que estaba en todas partes. Eran prendas mágicas para unos adolescentes que, en su necesidad de crear una identidad, al vestirlas se convertían directamente en alguien importante.
Para muchos, vestir así era el primer paso para convertirse, o al menos parecer simpatizante, de uno de los grupos juveniles con más status de la época: el de los surferos. Para entender el halo místico del que un día gozaron hay que viajar mentalmente en el tiempo y recordar que, para un adolescente medio, no era fácil ni siquiera conseguir el material. Tablas y neoprenos eran productos realmente caros y, al menos en mi casa, y seguro que en muchas otras también, mis padres tenían mejores planes para rentabilizar la inversión de aquellas decenas de miles de pesetas. Una cosa es que te consientan un capricho con la ropa y otra muy distinta una inversión de unas 50.000 pesetas, tirando por lo bajo, por “un trasto que no entra ni en casa”, que es lo que seguramente pensaban de esas tablas de surf de dimensiones estratosféricas que reinaban en la época. Sí, al cambio actual son unos 300 euros, pero era una cifra cercana al salario mínimo interprofesional de entonces y, por comparar con otro equipamiento deportivo, unas botas de fútbol costaban diez veces menos.
Quizás para algunos sea difícil de entender, pero yo nunca quise una tabla de surf. A mí siempre me pareció más llamativo el bodyboard, y eso que durante muchos años pensé que consistía simplemente en arriesgar la vida haciendo rectos en los cerrojos que rompen con fuerza en la arena. Sí, reconozco que de niño tuve alguna tabla de esas azules y amarillas; por llamarle tabla a ese trozo de polispán con una malla por encima al que alguien decidió ponerle una cuerda con un velcro para agarrar a la muñeca y comercializarlo primero en tiendas de juguetes y después en los todo a cien.
Era un modelo de tabla que cumplía con su función y que, con todo su cariño, me compraron mis padres para que pudiera entretenerme con mi primo esos dos o tres sábados que íbamos a comer a A Lanzada. Para los que conozcan la zona, en aquella época no había autovía y se aparcaba en lo que hoy es el paseo de madera. Desde Pontevedra, por la carretera de la costa, ir hasta allí llevaba casi una hora. La vuelta era una completa incertidumbre, porque las caravanas eran frecuentes y podían durar varias horas. A Lanzada era considerada por las familias con hijos pequeños como una playa peligrosa, especialmente en comparación con el resto de playas de la ría, mucho más recogidas. Además de por la leyenda de la fertilidad, en Galicia era conocida por los ahogamientos producidos por sus olas y su resaca, lo que le añadía cierto estigma.
Incluso los días de mar plato tenía mala fama, ya que su orilla también era capaz de producir dolores para toda la vida si tenías la mala suerte de que, durante la marea baja, te picase una faneca brava. Afortunadamente, pese a todas estas adversidades, merecía la pena correr esos riesgos, porque bañarse allí, según mi padre, daba energía para curar todos los males del invierno.
Así que, aun estando cerca, tampoco era fácil que un adolescente pudiera encontrar transporte hasta la playa. Quizás soy yo, que, al no tener hermanos mayores, era muy dependiente de mis padres y, aunque pudiese haber existido alguna opción, nunca habrían consentido que me montase en coches ajenos para ir a surfear. La playa me regaló amigos que me cuentan historias de cómo, de jóvenes, superaban todas estas trabas para poder surfear. Me habría encantado tener esas anécdotas de buses y campings que tantas veces me cuentan, pero, por unas razones u otras, mi relación con el surfing no fue tan temprana ni tampoco empezó de forma tan ideal y romántica.
Yo soy fruto de una escuela de surf, cuando todavía había pocas en las Rías Baixas y todavía eran justamente eso: un grupo de personas que se reunía cada fin de semana para aprender a deslizarse sobre las olas. Los valores de aquella escuela se asentaban en torno a la promoción deportiva, bajo el postulado de que el surf, como cualquier otro deporte, puede enseñarse con una metodología. Una mentalidad bastante alejada del autodidactismo que reinaba en la playa en aquel momento.
Pero no solo es que Gerardo, el dueño de la escuela, confiase en un método de enseñanza-aprendizaje para la práctica del surf; es que se tomaba muy en serio el aspecto de promoción deportiva, por lo que en A Lanzada Surf Club me prestaron todo lo que necesitaba para aprender: un traje de neopreno, una tabla de bodyboard, un invento y un par de aletas. Quizás no es el surfista más famoso de la comarca, pero es de justicia reconocer el papel que jugó Gerardo en la difusión del surf en las Rías Baixas y cómo, personalmente, estaré siempre en deuda con él, ya que gracias a la visión no lucrativa de su escuela pude ordenar un poco mi vida, volviendo a disfrutar del deporte, del aire libre, de la naturaleza y de la libertad antes del gran boom del surf.
Y aunque ha pasado mucho tiempo, lo cierto es que, recuerdo perfectamente el primer día en que se puede decir que recorrí una ola. Sin embargo, antes de centrarme en la intensidad de las sensaciones que sentí en ese momento, no me gustaría pasar por alto los mimbres, de los que me siento menos orgulloso, que aproximadamente un año antes hicieron que el destino me llevase a la playa a experimentar una práctica y descubrir una cultura que cambiarían mi vida para siempre.
Antes de nada, conviene aclarar que de niño fui bastante buen estudiante y que mis padres se esforzaron por educarme para que no dijese palabrotas y tuviese hábitos de gente culta. Me vestían bastante clásico comparado con los niños de ahora, pero, en realidad, ningún niño vestía guay en los noventa. En clase era bastante aplicado y quizás hasta un poco sabidillo. Siempre reconocí que tenía alma de pardillo y que había comprado muchísimas papeletas para haber recibido bullying al llegar al instituto. He pensado muchas veces sobre esto y creo que posiblemente fueron las canchas del barrio, en las que los mayores me curtieron, las que hicieron que, en vez de recibir collejas, muchas veces me tocase estar en el otro lado, si no dando, al menos sí validando.
Pero, en contra de lo que apuntaban las maneras, la adolescencia fue un momento de descubrimiento personal y de experimentación social. Yo era realmente feliz en el instituto. También ayuda que me convertí en un disidente de la educación generalista y prefería ir a jugar unos “fubolos” o a comerme unas pipas al campillo antes que estar de cuerpo presente en unas clases que me obligaban a memorizar un montón de datos asépticos.
