EL SURF COMO EXCUSA PARA ENTENDER EL MUNDO.

UN PROYECTO DE NOVELA ENSAYÍSTICA Y MIRADA SOCIOLÓGICA
Diego Santos (Pontevedra, 1984) es docente universitario e investigador de lo que podríamos llamar sociología del surf. Pero este no quiere ser un libro teórico. O no exactamente. El surf puede ser una excusa bastante digna para entender el mundo y la sociología de una manera didáctica. Y también una forma de contar cómo uno descubre, madura y aprende a mirar de otro modo. Mientras avanza, el texto intenta dejar una pequeña semilla de crítica social, con la esperanza de hacer pensar en cosas que quizá antes no se habían mirado así.
En el prefacio, edición San Jordi, intento explicar cómo surgió todo y qué clase de libro pretende ser este.
Si has llegado hasta aquí, dale una oportunidad.

PREFACIO
Llevo muchos años escribiendo. A veces en cuadernos, a veces en folios sueltos, a veces en archivos que quedaron olvidados y otras en textos que subía a blogs o incluso a Instagram. Durante mucho tiempo pensé todo eso como algo disperso y casual, sin una estructura clara. Fue durante aquellos meses de pandemia cuando empecé a pensar que, quizá, al ordenar algunas de las muchas cosas que tenía, también había ahí un proyecto.
Aunque será un eje importante, lo que aparece aquí no intenta hablar solo de surf, o al menos no en un sentido técnico o estricto. Intenta contar cómo, a través de ciertas experiencias, de una afición, de un deporte o de una etapa de la vida, uno empieza a entender mejor el mundo y a situarse dentro de él. El surf aparece muchas veces, sí, pero no como destino, sino como uno de los lugares desde los que aprender a mirar.

CAPÍTULO 1. LA IMPORTANCIA DEL CONTEXTO
Aunque a unos veinte kilómetros de mi casa hay olas y siempre existió una nutrida comunidad surfera en mi ciudad, nadie de mi entorno más cercano surfeaba a principios de los años dos mil. En aquella época, de niñato de instituto, muchos adolescentes vestíamos con ropa de estética surf y skate, aunque muy pocos, por no decir ninguno, practicaran con cierta destreza ninguna de las modalidades de deslizamiento. Además de las carísimas marcas australianas y californianas que vendían en las surfshops de la ciudad y que conseguíamos más baratas gracias a las falsificaciones de la Fortaleza de Valença, había una marca local que era realmente popular.
Sinsemilla, una de las primeras tiendas de surf de Pontevedra, produjo una línea de ropa que estaba en todas partes. Eran prendas mágicas para unos adolescentes que, en su necesidad de crear una identidad, al vestirlas se convertían directamente en alguien importante.
Para muchos, vestir así era el primer paso para convertirse, o al menos parecer simpatizante, de uno de los grupos juveniles con más status de la época: el de los surferos. Para entender el halo místico del que un día gozaron hay que viajar mentalmente en el tiempo y recordar que, para un adolescente medio, no era fácil ni siquiera conseguir el material. Tablas y neoprenos eran productos realmente caros y, al menos en mi casa, y seguro que en muchas otras también, mis padres tenían mejores planes para rentabilizar la inversión de aquellas decenas de miles de pesetas. Una cosa es que te consientan un capricho con la ropa y otra muy distinta una inversión de unas 50.000 pesetas, tirando por lo bajo, por “un trasto que no entra ni en casa”, que es lo que seguramente pensaban de esas tablas de surf de dimensiones estratosféricas que reinaban en la época. Sí, al cambio actual son unos 300 euros, pero era una cifra cercana al salario mínimo interprofesional de entonces y, por comparar con otro equipamiento deportivo, unas botas de fútbol costaban diez veces menos.

CAPÍTULO 2. ALMA DE PARDILLO
De niño fui bastante buen estudiante y mis padres se esforzaron por educarme para que no dijese palabrotas y tuviese hábitos de gente culta. Me vestían bastante clásico comparado con los niños de ahora, pero, en realidad, ningún niño vestía guay en los noventa. En clase era aplicado y quizá hasta un poco sabidillo. Con el tiempo me di cuenta de que tenía alma de pardillo y de que había comprado muchísimas papeletas para haber recibido bullying al llegar al instituto.
Ahora que el tema del acoso ocupa tanto espacio público, le he dado muchas vueltas a aquellos años. En los dos mil no se hablaba de estas cosas como se habla hoy, pero eso no significa que no existieran. Existían, claro. Solo que muchas veces se confundían con el carácter, con el crecimiento, con aprender a espabilar o con la ley no escrita del patio.
He pensado muchas veces en ello y creo que, posiblemente, fueron las canchas del barrio, donde los mayores me curtieron, las que hicieron que, en vez de recibir collejas, muchas veces me tocase estar en el otro lado. No necesariamente dando, pero sí entendiendo demasiado pronto que, para sobrevivir en ciertos grupos, a veces bastaba con no desmarcarse.
Quizá por esa capacidad de restarle importancia cuando me tocó recibir, guardo buen recuerdo de la adolescencia, que para mí fue un momento de descubrimiento personal y de experimentación social. Yo era realmente feliz en el instituto. También ayudó que me convertí en un disidente de la educación generalista y prefería ir a comerme unas pipas en el Campillo antes que estar de cuerpo presente en unas clases que me obligaban a memorizar un montón de datos asépticos. Esa calle en horario lectivo, ayudada por las múltiples huelgas, pudo ser mi primer proyecto sociológico, y no me di cuenta hasta hoy.

CAPÍTULO 3. NUNCA MÁIS
Aunque yo no lo sabía, en mi casa la decisión estaba tomada: me iba a estudiar fuera. Pese a que, al parecer, se valoraron otras opciones, Sociología en Madrid fue la decisión final. Ahora es muy habitual que los universitarios estén repartidos fuera de sus comunidades autónomas e incluso fuera de España. No soy tan mayor, pero en aquel momento la normativa era bastante rancia y todavía no existía el distrito universitario único. Eso significaba que, como norma general, debías estudiar en las universidades de tu comunidad autónoma. Afortunadamente, si no había los estudios que querías en la tuya, podías matricularte en otra, aunque evidentemente no era nada fácil. Dos días después de las notas de Selectividad ya estaba matriculado en una universidad privada religiosa, la Pontificia de Salamanca, campus Madrid. Mi padre lo tenía todo bastante previsto y, por mi forma de ser, también sabía que no me iba a quejar demasiado. Aunque para otras cosas era muy reaccionario, entendía, como tantos padres, que lo importante era asegurar el futuro. Al ser hijo único, sentía que no había mucho margen de error. Su idea siempre fue que me formase, pero con la vista puesta en el funcionariado; cualquier oposición que me garantizase un sueldo estable le parecía una buena salida.

