
CAPÍTULO 5: A LANZADA SURF CLUB
Durante los veranos de la adolescencia no paraba mucho en casa. Era época de ir todos los días al Campillo. Pipas y cervezas entre semana. Viernes y sábado, botellón. Religiosamente, Dycola primero, jamoneo después. En fiestas, aquello adquiría una dimensión casi inimaginable para quien no lo vivió. Lo de Peñas era una salvajada. Grupos enormes de chavales ocupando las calles de la zona monumental hasta las tantas, como si aquello fuese una macrodiscoteca y la noche una prolongación casi obligatoria de la vida social. Era una forma de estar juntos, de pertenecer, de hacerse mayor a trompicones.
En aquellos años, al menos en mi entorno, la cultura de la fiesta tenía un peso enorme. No sé si era una cuestión generacional, territorial o simplemente de época, pero salir no era una opción más entre otras. Era casi una obligación social. En verano, las Rías Baixas vivían una especie de desplazamiento nocturno continuo. Mucha gente acababa en Portonovo, que era uno de esos lugares a los que parecía que había que ir para sentir que estabas donde tocaba. Más adelante el epicentro se desplazaría al puerto deportivo de Sanxenxo, cuando aquello empezó a parecerse a otra cosa, más aspiracional, más exhibicionista y bastante más exclusiva. A mí, sin embargo, todo ese circuito me interesaba relativamente poco. Nunca tuve demasiado miedo a perderme nada. No necesitaba grandes eventos ni me importaba no acabar cada noche en Zoo. Me gustaba bastante la comodidad que me daba Pontevedra, esa facilidad para moverme andando, para improvisar, para encontrarme con la gente de siempre y para sentir que la noche, igual que la ciudad, seguía teniendo una escala humana, sin la excitación turística de otros sitios.
Hasta que aquel septiembre, tras mi primera ola, dejé de salir los viernes porque el sábado madrugaba para ir a las clases en A Lanzada Surf Club. Nadie entendía nada. Tampoco yo del todo. No lo hice por una razón moral ni porque de repente me hubiese vuelto más sensato. Lo que pasó fue más simple. Había aparecido algo que me apetecía más. Algo que exigía acostarse antes, madrugar y llegar al día siguiente sin resaca.
Dicho así parece una tontería, pero a esa edad cambiar la jerarquía del viernes no era poca cosa. Sin darme cuenta del todo, el surf empezaba a competir con una de las formas centrales de socialización de aquella etapa. Y, por primera vez en bastante tiempo, había algo que me ordenaba la semana. Algo que me esperaba.
A correr podía ir a cualquier hora. A surfear, no. A surfear había que ir a la escuela, a esas mañanas de sábado en las que empecé a reconocer caras, rutinas y un mundo que, poco a poco, dejaba de ser ajeno. No eran solo olas, ni solo el material prestado. A Lanzada Surf Club me estaba abriendo la puerta a un mundo nuevo.
Ese mes y pico que faltaba hasta el inicio del curso se pasó volando y pronto tuve que volver a Madrid. Con la distancia, las ansias de mar no desaparecieron. Al contrario. Ganas de más sensaciones, ganas de hacerlo mejor sobre las olas, ganas de volver a meterme en un mar que, de repente, ya no sentía como simple paisaje o como fondo de pantalla, sino como un espacio vital.
Siempre digo que, desde el primer día, Madrid me superó como ciudad. El ruido, la masificación y, sobre todo, las distancias. Yo estaba acostumbrado a Pontevedriña, una ciudad tan pequeña que no tiene transporte urbano porque te la recorres, de punta a punta, en veinte minutos. Quizá incluso menos. Además, gracias al proceso de peatonalización que en aquellos años se iniciaba y que con el tiempo la llevaría a convertirse en una referencia internacional de calidad urbana, podía hacerlo casi sin tener ni siquiera que cruzar. En aquel momento aquello me fascinaba. Más tarde lo comprendería mejor. Y más tarde aún aprendería también a mirarlo con la ambivalencia que dan la experiencia y la madurez.
Madrid era justo lo contrario. Delante de mi residencia había cuatro carriles. Que tampoco es tanto, pero a mí me parecían más anchos que las autopistas por las que circulábamos en Galicia. Atascos, pitidos, ruido. Y luego estaba otra cosa. A mí, que hablo mucho y saludo por educación, me impactó bastante el anonimato de la gran urbe. Aunque el gran shock mental, uno al que todavía no me he acostumbrado del todo, fue la forma de hacer planes. Pasé del “te timbro y bajas” o del “a las en punto en la Peregrina” a tener que cuadrar un punto intermedio que nos viniese bien según las líneas de metro de nuestras casas y la zona en la que quisiésemos hacer algo. El recién llegado a Madrid se organiza como si le quitasen los pies y como si cada estación de metro fuese una única dimensión. Odiaba la sensación de no poder ir andando a casi ninguna parte. Sé que eso también es mental, porque al final las distancias son más cortas de lo que parecen, pero uno tarda tiempo en darse cuenta.
Quizá por eso, desde mi primer día en Madrid volví a correr casi a diario. Mi padre corre todos los días y, cuando regresaba a casa, aquello me daba también una forma sencilla de compartir tiempo con él. Corría un poco por cuidarme, un poco por ordenar la cabeza en una ciudad que me desbordaba y también por esa necesidad tan absurda como reconocible de querer ser una mejor versión de ti mismo después de que te rompan el corazón. Después de probar el surf añadí la natación a la rutina. Quería mejorar mi resistencia, mi remada. Estar a tope cuando volviese a la playa. La piscina estaba dentro de la residencia y la gente iba a nadar en serio. Yo, en cambio, parecía un meme. Era el que menos aguantaba de todos. A veces me costaba terminar un solo largo sin parar. Pese a la vergüenza y a algún vacile por tener que descansar cada poco, no desistí y empecé a aguantar más y más.
A nivel emocional, no entendía cómo echaba tanto de menos el mar, cuando durante los meses de invierno prácticamente solo lo veía por la ventanilla del coche camino de As Neves. Parece una tontería, pero creo que el simple hecho de saber que el mar está ahí relaja la mente y apacigua el espíritu. Es difícil de explicar sin caer en cursilerías, pero tener el mar cerca tiene una magia especial.
Mi morriña atlántica, evidentemente, se acentuó con mi nueva vida surfera y con mi relación cada vez más estrecha con las olas. Si ya desde que me había trasladado a Madrid me escapaba a Galicia cada vez que podía, con el tiempo aquello se convirtió en ritual. Muchos amigos de la residencia se iban a la nieve, un deporte mucho más extendido que en mi círculo gallego. Yo, en cambio, me las apañaba para alargar los puentes y volver a casa. Recuerdo incluso un año en el que me quedé en Galicia desde la Constitución hasta Reyes. Puede parecer exagerado, pero el invierno más duro coincide con la mejor época de olas en las Rías Baixas. Pronto aprendí que, si quieres surfear, tienes que acostumbrarte al frío, a los días cortos y a organizar el tiempo con bastante precisión.
Aunque estudiar la carrera en Madrid me alejó físicamente de un mar del que todavía no disfrutaba a diario, fue precisamente esa distancia la que me lo regaló de otra manera. Seguramente, si hubiese podido surfear todos los días, no me habría interesado tanto comprenderlo.

