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CAPÍTULO 6: DE MENOS A MÁS

Gerardo tenía la teoría de que, una vez que repetías en el club con cierta asiduidad, era importante ir haciéndose con el material poco a poco. Logísticamente tenía sentido. Así una misma persona no tendría bloqueados un neopreno y una tabla durante años, porque, si todos hiciésemos lo mismo, no habría nada disponible para prestar a los nuevos alumnos. Repetía ese mantra de vez en cuando, con ese pragmatismo suyo que, con el tiempo, aprendí a valorar mucho.

Cuando por fin ahorras y decides hacerle caso, descubres que su recomendación es uno de los mejores consejos que nadie puede darte en el mundo del surf. “Antes que la tabla, cómprate un traje”. Aunque la emoción y el desconocimiento puedan llevarte a pensar que la tabla es lo más importante para un surfista, en realidad lo más importante es el neopreno. En aquella época, además, no existía la facilidad actual para equiparse barato. El material técnico seguía siendo lo bastante caro como para pensárselo bien y comprar por etapas, cuando ya sabías que aquello no iba a quedarse olvidado en un rincón del trastero.

A mucha gente le parecerá lógico hacerse pronto con uno propio por una simple cuestión de higiene. Compartir una prenda que casi podría considerarse ropa interior no es precisamente agradable. Y sí, es verdad que el asunto tiene su punto asquerosillo. Pero, al menos en la escuela que yo conocí, tampoco era una ruleta rusa. Una vez que te asignaban un traje, solías usar el mismo durante bastantes semanas.

Durante años hubo una pregunta que mis allegados repetían con más interés del que yo esperaba cada vez que decía que me iba a surfear. ¿Pero os hacéis pis ahí dentro? Ahora que el surf está mucho más extendido, supongo que esa duda ya no impresiona a casi nadie. En cualquier caso, la respuesta es sí. Aunque el neopreno no sea suyo.

La importancia de hacerte con un traje propio no era la independencia urinaria. Lo importante era que un buen traje te protegiese del frío. Algunos novatos cometen el error de comprarse uno malo solo por no tener que compartir, cuando en realidad la misión principal del neopreno es minimizar la pérdida de calor corporal cuando estás en el agua. Por eso, más que por propiedad, la conveniencia de tener traje propio pasa por que sea estanco, se ajuste bien y te ayude a aguantar más. Los trajes de escuela, al cambiar de prestatario, van dando de sí. Un buen traje era, sencillamente, una inversión. Al menos a principios de los dos mil, ahí era donde había que gastarse el dinero.

Que el neopreno sea de tu talla y se ciña bien al cuerpo es clave para soportar las frías aguas atlánticas. Yo recuerdo perfectamente el día en que me compré mi primer traje. Un Rip Curl en la tienda Pura Vida de Sanxenxo.

Me acompañaron Gerardo, Alejandra y Ania. Menudo show en los probadores. Nunca me había puesto nada tan ceñido. Qué sufrimiento. Qué calor. Qué sensación de estar luchando cuerpo a cuerpo con una segunda piel hostil.

Los materiales han evolucionado muchísimo y ahora son mucho más calientes y elásticos, pero meterse en aquellos neoprenos acartonados y gordos te hacía daño hasta en los dedos de las manos de tanto tirar hacia arriba.

Ese día vi que sobrevivir a la compra de tu primer traje era una de las primeras pruebas serias a las que se enfrentaba un surfista. Ahora las escuelas hablan de bautismos de surf, pero antes de que ese lenguaje promocional se pusiese de moda el bautismo de verdad era este. Probarte por primera vez un neopreno nuevo y, si salías vivo de aquello, ya podías empezar a pensar que tal vez podías pertenecer a este colectivo. Con el tiempo aprendí además una pista bastante fiable para el radar surfero. Si el traje hace demasiados pliegues en rodillas, codos o lumbares, casi siempre hay novato cerca.

Si hubo alguien que marcó de verdad mis primeros meses en el surf, ese fue Gerardo. Yo recuerdo aquella llegada como algo bastante natural. Aparecí por la escuela, hablé por los codos, como siempre, y enseguida hubo confianza y buen rollo con él y con la gente más cercana. Pero, visto con perspectiva, esa naturalidad tenía mucho que ver también con su manera de estar en el mundo y de entender el deporte.

La verdad es que, con la excusa de que yo vivía fuera y de que me gustaba aprovechar para surfear cada vez que volvía, con esos puentes largos y con vacaciones que me iba sacando de la manga, casi sin darme cuenta me fui acoplando a sus planes. No solo los fines de semana, que eran los días en los que abría la escuela, sino también en muchos de esos días robados al calendario que él dedicaba a entrenar. Normalmente quedábamos en Sanxenxo, en su casa, o directamente en alguna playa en la que pensábamos surfear. Como todos, y él especialmente, teníamos bastante más conciencia ambiental que la tendencia general de la época, intentábamos mover un solo coche. Yo me metía en la furgo y salíamos a buscar las mejores condiciones del día.

En todas aquellas horas de furgo y esperas fui conociendo mejor quién era Gerardo. No solo el que abría la escuela o decidía adónde ir, sino alguien que venía de una cultura del esfuerzo muy concreta. Además de licenciado en INEF, había sido atleta. Corría 1500 y lo había entrenado el mismo entrenador de atletismo que había entrenado años antes a mi padre en el CUA. Mi padre, que era mayor y tiraba más al medio fondo, no había sido de su época, pero sí compartía ese mismo mundo de pista, marcas, series y cronómetro. Yo creo que, por ahí, además de una afinidad inmediata, había también cierta continuidad con la manera de mirar el deporte que yo había aprendido en casa.

Mi padre también pone su conocimiento atlético a disposición de otros sin esperar nada a cambio y, en ese sentido, yo reconocía en Gerardo unos valores muy parecidos a los que había visto siempre en él. Me daba la impresión de estar ante un tipo con amor verdadero por el deporte, no ante un oportunista subido al crecimiento incipiente del surf en España.

Lo que compartían no era solo disciplina, sino una manera de entender el esfuerzo y de asumir que el progreso casi nunca se nota de un día para otro. Los dos conocían bien esa lógica del entrenamiento en la que casi nada llega pronto y casi nada se regala, esa relación con el tiempo, con la repetición y con la frustración que va moldeando el carácter casi tanto como el cuerpo. Las marcas, como las maniobras o la capacidad de estar bien colocado en el agua, no salen de la nada. Son la huella visible de muchas horas de trabajo, de repetir gestos, de insistir cuando todavía no se ve el resultado y de seguir ahí, aunque el progreso tarde en hacerse notar. Mi padre dice siempre que la vida es una carrera de fondo en la que hay que ir de menos a más.

En el caso de Gerardo, además, fue bastante pionero al trasladar esa manera de entender el entrenamiento al surf y al bodyboard en un momento en que mucha gente seguía viendo el mar como un territorio casi puramente intuitivo o autodidacta. Antes de que llegase la profesionalización posterior del surf en España, él ya se tomaba en serio algo que entonces casi nadie abordaba de esa manera, planificar el entrenamiento y pensar cómo mejorar de verdad el rendimiento de los competidores en el agua. Cuando lo conocí estaba algo desencantado y ya de vuelta, pero había entrenado a muchos de los mejores surfistas y bodyboarders de la zona, y eso también se notaba en la manera en que entendía y compartía sus conocimientos sobre la playa.

Poco a poco fui viendo que aprender a surfear no consistía solo en mejorar sobre la tabla o en remar más fuerte. En la escuela, los días de clase, se buscaban playas tranquilas, sin gente, aptas para todos los niveles y para todo tipo de personas. Venían familias enteras, padres con hijos, gente fuera de forma. Aquello era auténtica promoción deportiva. Entre semana, en cambio, ya no se trataba de crear un entorno protegido, sino de entrenar. Se buscaban otras condiciones y ahí había que estar mucho más atento. Aprender a remontar sin molestar, leer bien la ola, colocarse, entender cuándo alguien tenía preferencia y cuándo te tocaba esperar. Todo eso también formaba parte del aprendizaje, pero ya no dentro de una burbuja. Era la realidad. Las olas son un recurso limitado, y eso hacía que aquel entorno estuviese en parte regido por una cierta ley de la jungla.

En aquella furgo no solo aprendía a moverme por las playas o a leer el mar. Allí empecé a conocer el surf como mundo. Las historias, los nombres, los viajes, las bromas, los códigos y hasta la forma de mirar las olas circulaban entre asiento y asiento mucho antes de entrar al agua. Para mí fue muy importante socializar en la playa con personas que tenían mucha experiencia y que, además, estaban tan comprometidas con la enseñanza del surf como algo más que una técnica. Más allá de ayudarme a mejorar sobre las olas, también fueron fundamentales para que mejorase como persona, como amante del mar y como apasionado de la cultura surf.

Lo mejor que tenía ir acompañado a la playa era precisamente eso, que allí circulaban un montón de historias, leyendas y anécdotas que en aquel momento solo se podían conocer con horas de coche, de espera y de playa. Para mí, que venía completamente nuevo a esta subcultura, era increíble que me prestasen revistas o DVD de las pocas pelis que rulaban por entonces. Pero lo que de verdad me encendía una llama por dentro era oír hablar de sus viajes a otras olas, mucho más potentes y de mayor calidad, en diferentes lugares del mundo.

Igual que me pasaba con las películas, que me gustaba que tuviesen trama y no solo olas, a mí no me interesaba demasiado hablar de lo disputada que había sido una manga o de quién había ganado un campeonato. Lo que me alucinaba eran las historias de viajes, sobre todo las que implicaban conocer nuevas culturas y descubrir olas poco masificadas. Muchas veces ni siquiera eran historias propias, sino relatos que otros habían contado antes y que iban circulando de boca en boca, aunque generalmente los protagonistas siempre eran surferos de mi zona a los que Gerardo había entrenado y a los que poco a poco iba poniendo cara.

Tantas horas hablando de viajes en la furgo durante mis primeros meses como surfero hicieron que la imaginación se me disparase y que la cabeza empezase a irse sola, una y otra vez, hacia olas que todavía no conocía.

No recuerdo si le insistí mucho, pero Gerardo terminó comprometiéndose a que, cuando volviese en Semana Santa, iríamos de surfari. No era tanto el lugar, porque ya sabía que no íbamos a ir lejos, sino lo que aquella palabra significaba para mí. Surfari. Solo con eso me bastó para pasar un par de meses en la meseta con la cabeza lejos de allí, buscando olas en los pocos blogs que existían, leyendo lo que se decía de ellas y soñando con encontrar algo más grande, más potente y más distinto de las condiciones a las que yo estaba acostumbrado.

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