
CAPÍTULO 7: LA LEY NO ESCRITA DEL SURF
Con la distancia que me imponía vivir en Madrid, terminé aceptando una verdad poco heroica del surf. Muchas veces consiste en no estar cuando hay olas. Cuando no vives cerca del mar, aprendes a convivir con una mezcla rara de ansiedad, frustración y nostalgia por baños que imaginaste y no fueron. Te acostumbras a pensar en lo que podría haber entrado, en lo que quizá se ordenó justo ese día, en ese rato exacto en que el viento respetó y tú estabas lejos, atrapado en otra vida.
Al menos, esa distancia te obliga a aprender otras cosas. Aprendes a mirar los partes con más atención, a distinguir cuándo puede haber olas en vacaciones, cuándo merece la pena arriesgar una escapada y cuándo conviene aprovechar un viaje a casa para ver a la familia y, de paso, quitarte un poco el mono. Porque sí, la abstinencia se nota.
Cuando el calendario por fin marca viaje, la situación se invierte. Entonces aparecen los nervios, la esperanza y esa ansiedad infantil de que todo salga perfecto. Pero perfecto es una palabra casi inútil en cualquier ámbito de la vida, y en el surf todavía más. Pocos deportes dependen de una combinación tan extrema y tan caprichosa de factores. Para una pachanga de fútbol basta con un balón, dos porterías y gente con ganas. Para salir a correr, salvo temporal serio, casi siempre vale con ponerse las zapatillas y arrancar. En el surf no. Aquí entran en juego el viento, el mar de fondo, la marea, el fondo de la playa, la luz, el tamaño, el periodo y la dirección. Demasiadas cosas tienen que alinearse para que todo encaje. Y basta con que una falle de verdad para que el baño deje de merecer la pena.
De esa compleja suma de variables nacía lo que entonces yo entendía como la ley no escrita del surf. La conocía todo el mundo, desde el que llevaba media vida entrando al agua hasta el que apenas había pisado una playa un par de veces. Siempre había alguien dispuesto a decirte que antes estaba mejor o que llegaste tarde. Salvo que coincidieses exactamente en el agua con otra persona durante todo el baño, siempre había un pero. Si uno había entrado media hora antes, y coincidías con él en el pico, juraba que el viento lo había estropeado un poco justo cuando tú llegaste. Si salía media hora después, te aseguraba en el parking que te acababas de perder lo mejor, por el punto de marea. Y si había decidido no echarse o probar en otra playa, tampoco solía faltar el diagnóstico despectivo sobre tu elección.
Ese tipo de personajes no eran una excepción. Formaban parte del paisaje. Y no creo que se tratase solo de mala fe, ni siquiera de ganas de fastidiar. Había algo cultural en esa manera de hablar del mar, una mezcla de experiencia, inseguridad, necesidad de parecer que uno sabe y esa inclinación tan nuestra a narrar siempre la ocasión perdida como si hubiese sido mejor que la vivida. Igual también había en eso algo del carácter gallego trasladado a la playa, esa forma de conversación en la que uno rara vez concede del todo que el momento del otro era el bueno. En el fondo, casi todos sabían que ahí había bastante cuento, una forma muy surfera de idealizar el baño que no te tocó. Pero también había gente que, de tanto escucharlo y de encadenar malas elecciones, acababa convencida de que tenía una especie de mala suerte crónica con las olas. Y eso, visto desde fuera, resultaba hasta gracioso.
Pero afectaba. Claro que afectaba. Saber si habías elegido bien no era ninguna broma. Lo importante era que esa duda no te arruinase el baño ni te volviese incapaz de disfrutar de lo que sí había. La perfección no existe, tampoco en el surf, y casi siempre quedaba margen para preguntarse si no habría estado mejor quedarse un poco más, entrar antes, moverse a otro pico o directamente haber ido a otra playa.
Con el tiempo entendí que detrás de aquella cantinela había algo más serio que una simple costumbre de playa. También había una pequeña sociología del baño, una presión social sobre la elección, sobre el criterio y sobre la necesidad de no parecer el que se había equivocado. De ahí salía otra ley, quizá menos comentada pero bastante más importante y fácil de aplicar; no pensar demasiado. Simplemente, surfear todo lo posible, aprender siempre y entender que ni siquiera cuando elegías mal el baño estaba del todo perdido, porque también eso ayudaba a mejorar.
Por eso, desde muy novato, entendí que tenía que volverme lo más autosuficiente posible y aprender a leer los partes por mi cuenta. Sabiendo, eso sí, que al final todo se apoya en modelos y patrones y que la realidad nunca se deja encerrar del todo en un algoritmo. Las cámaras ayudan mucho, ahora más que antes, pero la naturaleza sigue siendo imprevisible. Aun así, empezar a entender cómo se forman las olas en el océano, cómo viajan, cómo entran en una costa determinada y cómo cambia una playa según la marea o el viento tenía algo casi adictivo. Incluso mirar una cámara desde lejos y ver el mar en directo, aunque fuese a través de una pantalla, me parecía una maravilla. Poco a poco iba aprendiendo a sacar patrones, a intuir temporadas, a entender mejor qué podía pasar. Lo que no aprendí nunca, porque nadie puede aprenderlo, fue a garantizar la presencia de buenas olas.
Quizá por eso, cuando por fin llegaron las ansiadas vacaciones de Semana Santa, la decisión más sensata fue no viajar. Había previsión de olas en casa y, en algunas de las zonas a las que nos habría tentado ir, parecía que entraría demasiado mar. A mí tampoco me pareció mal plan. Ya que volvía, también me apetecía estar con los colegas, pasar horas en el Campillo y hablar sin prisa de cualquier cosa. De joven uno cree que elegir consiste, sobre todo, en renunciar. Con los años he aprendido que muchas veces elegir bien es simplemente no forzar. Había olas cerca y yo seguía en esa etapa en la que todo me fascinaba. No hacía falta irse lejos para sentir que un mundo nuevo se estaba abriendo, poco a poco.
Si no fuese por la reconstrucción de esta historia, probablemente habría olvidado la fecha. Siempre tuve mala memoria. Puedo recordar bien un hecho, el tono de una escena o el fondo de una historia, pero ponerle día exacto casi siempre me cuesta. Sabía que eran vacaciones porque el partido era entre semana y yo estaba en Galicia. Podría haber sido Carnaval, un puente o cualquier otra escapada del calendario, pero al revisar las fechas comprobé que era Semana Santa. La Semana Santa del surfari frustrado. No recuerdo el momento exacto ni la cronología precisa, pero sí que, en uno de esos días medio muertos, Bruno me dijo que había conseguido entradas para ver al Deportivo y que gente de Pontevedra iba a ir a Riazor. Además, yo podía dormir en su casa, como hacía en San Juan, y volver al día siguiente sin problema. En otras circunstancias habría dicho que sí sin pensarlo. Pero aquellas no lo eran.
Aunque hoy suene a otra época, el 7 de abril de 2004 sonó el himno de la Champions en A Coruña. El Deportivo llegaba a la vuelta después del 4-1 de la ida y enfrente estaba el Milan de Carlo Ancelotti, vigente campeón de Europa y gran favorito para volver a levantar la Copa, con Maldini, Cafú, Pirlo, Seedorf, Kaká, Shevchenko y compañía. La ley del fútbol dice que nadie ganó sin jugar, pero también que hay partidos en los que uno llega sabiendo que la lógica casi siempre se impone.
Todo invitaba a pensar que aquello acabaría siendo una despedida digna, una de esas noches en las que uno aplaude el esfuerzo, asume la lógica de la jerarquía y se va a dormir con una mezcla de resignación y orgullo herido. Yo, que siempre he llevado bastante mal las derrotas en el fútbol, no terminaba de verle el sentido a ir al estadio para asistir en directo a una eliminación que daba casi por hecha. Había algo en eso que me incomodaba. No sé si era pesimismo, orgullo mal entendido o una manera un poco infantil de protegerme, pero en aquel momento sentía que ir a ver al Dépor era, de algún modo, no respetarme. Preferí quedarme en casa y verlo por televisión con mi padre.
Yo crecí en pleno boom del Superdépor, cuando mucha gente se subió a aquel carro porque el equipo ganaba, jugaba bien y parecía capaz de discutirles el sitio a los de siempre. En casa, sin embargo, el deportivismo venía de otro lugar. Mi padre no era del Dépor por moda ni por contagio, sino por gratitud. Fue el primer club profesional que apostó por él como atleta. Con orgullo y nostalgia recuerda cómo entrenaba en Riazor, y una de las victorias más emocionales de su vida, la de la primera edición de la pedestre de su Santiago natal, la consiguió vestido de blanquiazul. Siempre ha tenido un sentido casi sagrado de la deuda y del agradecimiento, y supongo que por eso en casa ser del Dépor nunca tuvo que ver solo con el fútbol. Tenía que ver con la memoria, con la lealtad y con no olvidar nunca lo que de verdad se recibe. Porque de los lugares donde a uno lo han tratado bien, donde lo han ayudado en momentos difíciles, no se olvida. Mi padre siempre habla del cariño que recibió de su delegado, del club, de la grandeza de aquella institución. Por eso siempre dice que el Dépor es un sentimiento.
Como ya he dicho, hay recuerdos que se me borran y otros que se me quedan clavados. Mi padre tenía uno de esos rituales muy suyos. En los partidos importantes, o cuando la cosa empezaba a torcerse, iba al armario, sacaba su vieja camiseta del Dépor, no la de aquella temporada sino la de sus años como atleta. No se la ponía. La colocaba encima del televisor. La dejaba allí, como si fuese una antena o un canal de comunicación.
Siempre me pareció rara esa superstición de mi padre, que no suele serlo. Con el tiempo entendí que no era solo una manera de mandar energía al campo, sino su forma de confabularse con el banquillo, como si aquella camiseta pudiera llevarlo emocionalmente a la caseta. Él también había sido entrenador y vivía los partidos con esa mezcla de fe y lectura táctica de quienes creen que siempre se puede corregir algo a tiempo. En eso siempre le vi un parecido con Arsenio, nuestro entrenador de aquellos años. Orden, talento y esa astucia de zorro que tanto lo definía.
Por eso creo que aquel ritual extravagante nació de la frustración del 92, de otro de esos momentos que tengo grabados a fuego en mi maltrecha memoria, la noche del penalti de Djukic. Mi padre adoraba a Arsenio Iglesias, pero aquel día, cuando vio salir a Donato, se llevó las manos a la cabeza. Todavía lo veo gritándole a otra televisión, en otra casa, como si pudiera corregir la decisión desde la cocina. “¡No, Donato no, Arsenio! ¡Donato no! ¡Un penalti o una falta, Arsenio, Donato no!”
Quiero pensar que fue ahí donde nació la liturgia. O, al menos, donde empezó a cargarse de sentido. La camiseta no se sacaba porque sí. Como todas las cosas a las que uno les atribuye un poder, había que reservarla para los momentos de verdadera necesidad. Mi padre la utilizó muy pocas veces, casi siempre en partidos tensos, cuando el reloj avanzaba, el marcador apretaba y ya no quedaba mucho más que hacer desde casa que intentar empujar al banquillo con fe. Pero aquella noche fue distinto. La puso desde el principio. Algo debía de confiar. Y, como otras veces, funcionó.
Lo que vino después pertenece ya a esa clase de noches que dejan de ser solo de un club y pasan a formar parte de la memoria del fútbol. Aquel Milan parecía hecho para imponer la lógica, no para discutirla. Pero el Dépor salió a jugar como si no hubiese leído el guion. Y nosotros, en casa, fuimos pasando de la resignación cauta al estupor y del estupor a esa euforia rara que llega cuando uno empieza a sospechar que está asistiendo a algo irrepetible. No recuerdo cada jugada con exactitud, pero sí la sensación de que el partido se iba abriendo paso hacia un lugar que nadie se había atrevido a imaginar del todo. Para entonces, claro, la camiseta seguía encima del televisor.
Cuando el árbitro pitó el final, el móvil me echaba humo. Me escribía gente para felicitarme por el Dépor como si aquello hubiese sido también un poco mío, y supongo que en noches así lo era. Como por entonces nos valía cualquier excusa, me puse la camiseta roja y nos fuimos a celebrarlo por los bares de Pontevedra. No había casi nadie, pero quizá por eso lo recuerdo todavía mejor. Hay noches en las que la gente sale por costumbre y otras en las que solo salen los que entienden de verdad lo que acaba de pasar. Aquella era de las segundas. Mis amigos, incluso los que no eran del Dépor, estaban tan encendidos como yo. Y eso también decía algo importante. Hay victorias que pertenecen a un club y otras que, por un momento, parecen ensancharse y volverse de todos.
Con el tiempo he pensado que ahí había una de las claves de lo que significó aquella victoria. Los equipos que no viven instalados en el triunfo no construyen su memoria solo con títulos, sino también con noches así, con gestas que agrandan unos colores y les dan un lugar en la imaginación de los demás. Los títulos ordenan el palmarés; para los aficionados, muchas veces cuenta tanto o más el respeto. Y aquella noche el Dépor se ganó el de mucha gente que quizá nunca lo habría sentido del todo como propio. Mis amigos del Madrid, que en circunstancias normales nunca habrían sentido aquellos colores como algo suyo, aquella noche lo celebraban conmigo como si también les pertenecieran un poco. Y eso no pasa tan a menudo. Pasa cuando un equipo representa durante unas horas algo más que a sí mismo, una manera de estar en el campo, una comunidad, una posibilidad improbable de ganarle al destino. También, quizá, una Galicia que a veces se ha sentido menor y que de pronto se veía capaz de discutirles algo grande a los más grandes, no solo de España, también de Europa.
Tampoco creo que una noche así signifique lo mismo a cualquier edad. No es igual que te encuentre con cuarenta años, más resguardado por la experiencia, que cuando todavía estás entrando en el mundo y todo parece tener una intensidad irrepetible. Viéndolo ahora, creo que aquella remontada se me quedó tan adentro no solo por lo que fue, sino por el momento en que me alcanzó. A esa edad uno no celebra únicamente una victoria, celebra también la sensación de que el mundo todavía puede sorprenderlo de verdad. En noches así se mezclan la emoción y la inocencia de quienes aún están aprendiendo a mirar. Y esa mezcla, cuando se da, ya no vuelve de la misma manera.
También por eso aquella noche tuvo para mí una intensidad especial. El surf y el fútbol ocupaban en mí lugares muy distintos. El surf era práctica, cuerpo, aprendizaje e intemperie. Me exigía estar dentro, acertar con el momento, remar, fallar, insistir. El fútbol, en cambio, lo vivía desde otro sitio. Era menos mío en la ejecución, pero mucho más mío en la pertenencia. Se compartía con amigos, con mi padre, con una afición deportivista pendiente de lo mismo. En el surf me medía yo con el mar. En el fútbol me reconocía con otros en una emoción común. Y aquella noche, por eso mismo, tuvo una intensidad que ningún baño habría podido darme.
Por mucha ilusión que me hiciera hacer mi primer surfari, habría necesitado muchísima suerte para que un viaje superase emocionalmente lo que significó vivir en casa aquella remontada. Y, sin embargo, el surfari frustrado no dejó de ser importante. Al contrario. Me sirvió para entender algo que el mar enseña pronto, aunque uno tarde años en ponerlo en palabras. Que no siempre toca ir. Que no siempre toca forzar. Mucho después se popularizó una palabra que, aunque a muchos les suene a postureo, resume bastante bien esa forma de estar en la vida. Quizá la ley no escrita más importante del surf consista, precisamente, en aprender a vivir con el flow.

