
CAPÍTULO 8: APRENDER A MIRAR
En la residencia, los fines de semana daban para mucho. A veces salíamos, claro, pero otras bastaban unas cervezas, una habitación medio prestada y varias horas por delante para que aquello se convirtiese en una especie de cine improvisado. En casa nunca había habido demasiado culto a las películas, pero allí descubrí otra forma de verlas. Empezaban a circular archivos descargados con eMule, CDs que pasaban de mano en mano y carpetas compartidas que uno iba construyendo casi sin darse cuenta. Era una manera bastante rudimentaria de buscar cosas, pero tenía algo importante, por primera vez empezábamos a ver no solo lo que echaban en televisión, sino también lo que a uno le apetecía encontrar.
Yo, además, tenía una situación un poco peculiar. Compartía habitación y no siempre era fácil encontrar un espacio propio, así que muchas veces acababa refugiándome en la de Roldán. Para mí no era solo un veterano. Fue el primero en elegirme allí dentro. Yo había llegado el último aquel primer año y, no sé muy bien por qué, me apadrinó cuando eso no era ni mucho menos lo habitual en la residencia. Con su desparpajo, su sonrisa y seguramente alguna canción de guitarra de fondo, me bautizó como el Novillo, el Novi. Y así me quedé.
Dentro de la residencia, Roldán me lo dio todo. Me presentó a todos los mayores como su protegido, y eso hizo que todos fueran majos conmigo. Aunque yo creía que no necesitaba protección frente a nadie, sí me venía muy bien aquella mezcla de cobijo, afecto y perspectiva. Por la diferencia de edad, me fue dando una manera más madura de entender la vida en la residencia.
Algunas películas las veíamos casi como cinefórum improvisados, comentándolas entre varios. Otras, en cambio, las devoraba yo solo. Y fue en ese contexto, todavía con la resaca emocional de Italia muy reciente, cuando empecé a buscar cosas que, de algún modo, me devolviesen a lo que había vivido allí.
Italia se me había quedado dentro. No solo como viaje, sino como una forma de estar, de mirar, de entender ciertas cosas que hasta entonces me quedaban lejos. Había algo en ese imaginario, en las calles, en la gente, en esa mezcla de pasión, caos y belleza, que no terminaba de irse.
Me vi la trilogía de El Padrino casi del tirón y, durante un tiempo, en mi mesilla estuvo también la novela de Mario Puzo. La mafia tenía siempre un punto casi místico entre los gallegos, y en aquel momento tampoco había demasiado donde elegir. No existía aún esa sobreexposición de historias de narcotráfico que vendría después. Todo parecía más escaso y, precisamente por eso, quizá también más valioso.
Con Maradona fue distinto. Llegué a él casi por casualidad, a través de un blog en el que alguien recomendaba un documental que, según decía, no debía perderme. No paré hasta encontrarlo. Y cuando lo hice, me quedé fascinado. Ho visto Maradona.
Fue entonces cuando entendí de verdad aquella santísima trinidad que había visto colgada sobre el televisor en Salerno. Aquel vídeo no eran solo goles, ni regates, ni nostalgia futbolera. Era un tributo a un ídolo. Su impacto había sido muchísimo mayor de lo que yo había imaginado. De pronto, aquella imagen dejó de parecerme pintoresca y empezó a tener todo el sentido del mundo. Maradona no era solo fútbol. Era orgullo, reparación y desquite para gente que no solía sentirse en el centro de nada.
En Salerno los italianos ya me habían explicado, a grandes rasgos, las diferencias entre el norte y el sur. Hasta qué punto aquello estaba presente en su día a día. Yo incluso jugaba a veces con esa palabra, terrone, io sono terrone, sin terminar de comprender del todo lo que llevaba dentro. Y sonreían con esa complicidad de quien sabe que hay algo ahí que todavía no has entendido del todo.
Maradona era de la plebe, de los de abajo, y empecé a entender hasta qué punto había significado algo profundo para miles de napolitanos y cómo esa influencia llegaba también hasta un rincón de Salerno. Incluso entendí que, en Campania, no hacía falta ser del Napoli para ser de Maradona.
Hasta entonces, mi imagen de Maradona era bastante superficial, construida a partir de la voz popular, el genio caído, la droga, la mala vida. Pero aquella película me enseñó otra cosa. Descubrí a un ídolo y, sobre todo, a una figura profundamente respetada. Me llamó mucho la atención cómo hablaban de él no solo sus compañeros, sino también sus rivales. Había algo ahí que me interesaba mucho más que caer bien. Era otra cosa. Era respeto, incluso cuando había intereses contrapuestos. Empecé a ver algo más que un futbolista.

