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CAPÍTULO 9: APRENDER A MIRAR EL MAR

Si ya era difícil hacerse con algo más que películas comerciales, Maradona seguía siendo, al fin y al cabo, una figura popular. Con el surf, en cambio, aquella nueva posibilidad de buscar por tu cuenta era mucho más limitada. No había vídeos a un clic, ni un archivo fácilmente accesible, ni esa sensación de que cualquier afición, por minoritaria que fuese, acabaría encontrando tarde o temprano su comunidad y su escaparate. El surf quedaba lejos. No estaba en la conversación general, ni siquiera en la contracultural. Era un rincón dentro de otro rincón. Si no estabas ya metido en ese mundillo, el acceso era escaso y bastante azaroso. A mí me llegaba a ráfagas, por comentarios, por intuiciones, por algún viaje, por las conversaciones con Gerardo o con la gente del club, y por esas pocas cosas que, de vez en cuando, aparecían como una revelación.

Por eso recuerdo tan bien aquel bloque de películas que me grabaron las chicas del club. No sé si hoy se entendería del todo lo que significaba entonces que alguien te pasase un CD así. Ahora cualquier curiosidad se resuelve en segundos. Entonces había algo de ceremonia en ese tipo de objetos. Eran materiales que no te encontrabas por casualidad, ni en los videoclubs del barrio, ni mucho menos en un algoritmo que te sugiriese qué ver después. Había que conseguirlos. Había que esperar a que alguien los tuviese, a que alguien se acordase de ti, a que alguien te los pasase. Y cuando llegaban, llegaban con un valor casi iniciático.

En mi caso, además, había una pequeña promesa añadida. Ania me había dicho que más adelante me pasaría también alguna película de bodyboard. En aquel momento, eso se parecía bastante a acceder a un pequeño Santo Grial. Gerardo siempre repetía que viendo vídeos se aprendía y se mejoraba mucho, que había que fijarse en los detalles, en cómo leían la ola, en cómo se colocaban. Yo estaba todavía muy lejos de aprender así. En el club, Sí existía cierto vacile hacia los que no nos poníamos de pie, que además éramos minoría. Pero a mí, más que incomodarme, ese pique me hacía sentir distinto. Era como ocupar un lugar un poco más rebelde dentro de algo que ya de por sí era bastante marginal. Por eso quería tanto aquella película de bodyboard. Sabía que detrás había un micromundo que quería conocer mejor.

Aunque fuesen de surf, aquellos primeros vídeos me enseñaron sobre todo otra cosa. No tanto a surfear como a entender una forma de vida. Camaradería, viajes, amigos, olas lejanas, paraísos tropicales. Destinos con olas perfectas y agua caliente que entonces me parecían poco menos que inalcanzables. Quizá por eso tenían algo de mito. No era el FOMO de hoy, ni esa ansiedad por estar donde toca. Era una ventana abierta a una realidad que ni siquiera sabía que existía. Y en ella la gente parecía realmente feliz. Los vídeos, la música, el ambiente, todo desprendía una sensación de buen rollo casi contagiosa.

Es posible que, en otro contexto, aquellos vídeos no me hubiesen marcado tanto. Pero yo todavía tenía más deseo que experiencia, más imaginación que mundo propio y más ganas de salir que kilómetros recorridos. No podía simplemente coger el coche y lanzarme a descubrir. Había una distancia real al mar, y esa distancia también agrandaba el deseo. Venía de asumir que aquel primer surfari no había salido, de aprender que no siempre toca ir, y aquellas películas cayeron precisamente ahí, en ese hueco que deja la frustración cuando no termina de cerrarte, sino que te obliga a seguir imaginando.

La que más me impactó fue Step Into Liquid, el documental de Dana Brown. Seguramente porque, de las tres, era la que mejor enseñaba que el surf no iba solo de maniobras, ni de épica ni de pose. Alrededor de una ola podía organizarse algo más grande, una comunidad, una forma de estar en el mundo, incluso una cierta educación sentimental. Brown recorre lugares muy distintos, de Irlanda a Oahu, de Vietnam a Cortes Bank, y presenta a surfistas que no se parecen entre sí. Y eso fue lo que más me llamó la atención.

Yo todavía estaba empezando y además lo hacía desde Madrid, lejos del mar y fuera de cualquier lugar donde el surf pareciese algo cercano. Quizá por eso aquella película me enseñó algo importante. Que el surf no era una tribu cerrada ni un perfil único, sino un montón de gente distinta que había encontrado en el mar una forma de ordenar su vida, sus relaciones y hasta su manera de entender el tiempo.

Recuerdo especialmente dos partes. Una era la de Irlanda, con aquellos hermanos que regentaban una escuela en un contexto marcado por la división entre protestantes y católicos. Entonces seguramente no habría sabido explicarlo bien, pero sí recuerdo perfectamente la impresión que me produjo. Había algo en aquella Irlanda celta, verde y periférica, que se me hacía cercana desde Galicia. Y, al mismo tiempo, Irlanda del Norte me remitía de inmediato a un conflicto que a mí me imponía bastante respeto. Yo sabía que en Euskadi también había olas, pero, como hijo de guardia, arrastraba una herencia de miedo que entonces todavía pesaba. Por eso me impactó tanto ver el surf funcionando allí como un espacio de convivencia, como una actividad capaz de juntar a católicos y protestantes en un mismo borde. Aquello me hizo entender que una ola podía significar cosas muy distintas según el sitio donde rompiese. Que el surf no era solo una actividad, sino también una pequeña herramienta de conciliación, una sensibilidad social donde uno no esperaba encontrarla.

La otra parte que se me quedó grabada era casi la antítesis de esa. La de Laird Hamilton y los cazadores de olas, la de esa gente que parecía leer el océano como quien persigue una criatura mitológica. Aquel despliegue, apoyado en medios y tecnología que entonces me parecían casi futuristas, demostraba que todavía quedaban lugares por descubrir y, quizá aún más importante, momentos exactos que saber descodificar. No se trataba solo de encontrar una ola, sino de identificar cuándo podía aparecer en su mejor versión. De acertar con la marejada perfecta.

Encontrar buenas condiciones y que no estuviese abarrotado era algo que Gerardo siempre me había trasladado como el summum del surf. Me explicó que había olas que solo rompían bien unos pocos días. Después se descolocaban los fondos o la dirección del mar dejaba de ser la correcta. La búsqueda, el descubrimiento, la lectura fina del mar eran esenciales para ser un buen surfer. Ahí estaba, para él, una parte esencial de todo aquello. Aprender a leer para reducir la incertidumbre y elegir el mejor sitio posible para surfear.

In God’s Hands, aunque tenía una trama guionizada, me mostró un mundo que yo desconocía y que funcionaba con otras reglas. Más subcultural. Más de viaje que de destino.

Recuerdo especialmente Bali, pero no tanto como un lugar concreto al que ir, sino como parte de un mapa diferente. La pantalla mostraba un paraíso que no eran solo olas. Había palmeras, arena blanca, agua cristalina y caliente, fondos de arrecife de coral, una luz distinta, casi irreal. Pero lo que más me llamaba la atención no era solo el paisaje. Era la forma en la que aquella gente se movía por él. Aunque viniesen de fuera, yo no los veía como turistas. Los veía compartir, integrarse, adaptarse al lugar, relacionarse con la gente y con el entorno de una manera muy distinta a la del turismo más clásico, tan dominante en aquel momento. Se parecía más, salvando todas las distancias, a ciertas formas de convivencia que yo había conocido en Salerno que a la figura del turista con riñonera, cámara de fotos, mapas e itinerarios con checklist.

Fue de las primeras veces en las que vi representado un viaje así. El viaje dejaba de ser algo pasivo, un simple desplazamiento para ver cosas, y pasaba a convertirse en una forma de estar. No se trataba solo de olas. Había cultura, códigos, maneras de convivir y de adaptarse. Quizá todo eso existía desde siempre, pero yo no lo había mirado así hasta entonces.

Recuerdo también una escena que seguramente tenga bastante de idealización por mi parte. Matt George representaba a un surfista que veía con recelo que las motos de agua utilizadas para remolcar surfistas metiesen ruido y olores que no pertenecían a aquel escenario natural. Aunque fuese mucho más difícil, prefería entrar en la ola remando, o no entrar, aunque eso pusiese en riesgo su vida. Había en él una imagen de surfista más naturista, más puro, que entonces me fascinó.

Había algo en esa forma de plantarse ante el mar, de defender una relación más limpia y más directa con el entorno, que me resultaba muy atractiva. Seguramente yo proyectaba bastante sobre esa escena, y quizá por eso ha durado tantos años en mi retina.

Blue Crush era diferente a las anteriores. La película cuenta la historia de una surfista que tiene que ganarse la vida trabajando mientras intenta hacerse un hueco como profesional. Y lo hace, además, en el escenario más importante del mundo del surf. Hawái, Oahu, Pipeline. El surf no se entiende sin Hawái, y el surf de competición no se entiende sin el Pipe Masters. Una de las olas más difíciles y peligrosas del circuito. Seguramente la más mítica. La película mostraba la cara del surf del que quiere llegar arriba, pero tiene muchos obstáculos delante. Estoy seguro de que por eso a Gerardo le había encantado. Era algo que probablemente había vivido o, al menos, reconocido muy de cerca.

En el fondo, lo que veía en el surf de Hawái no estaba tan lejos de lo que podía intuir en el atletismo en Galicia. Cambiaban los escenarios, pero no tanto las reglas. La competición, las oportunidades escasas, el riesgo de quedarse a medio camino. El deporte, en ese sentido, puede ser bastante cabrón. No siempre ganan los mejores y muchas veces todo depende de detalles. Tu carrera se puede ir al traste en un par de días malos. O en una lesión.

A veces cuesta imaginar cómo era la vida antes de uno mismo, pero estoy bastante seguro de que, si hubiese sabido que iba a triunfar, mi padre habría sido atleta. Como no tenía detrás un colchón económico familiar, eligió un camino más seguro. Se hizo funcionario antes que arriesgarlo todo por un sueño que no garantizaba nada. Creo que esa mentalidad explica en parte mi distancia con la competición.

Quizá, si yo hubiese tenido más madera de competidor, me habría empujado más a competir que a estudiar. Quién sabe. Pero sí tengo claro que nunca tuve ese gen competitivo que tantas veces vi en mi padre. Con el tiempo entendí que ahí también había algo más que carácter o biología. Había una herencia cultural que muchas veces pasa desapercibida.

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