Leer capítulo 9

CAPÍTULO 10: BARRAÑÁN

La primavera en Madrid fue una de las cosas que más me sorprendió. Se podía ir de manga corta por las noches mucho antes que en Galicia y eso alargaba ese aire de tramo final antes de las vacaciones que entonces los universitarios vivíamos con tanta intensidad. En Madrid se iban encadenando las últimas fiestas del curso, San Isidro, conciertos, exámenes y, casi sin darte cuenta, ya era verano. Un tramo más largo de lo que yo conocía, pero que volaba. Y por suerte, otro año limpio. Y eso, a esa edad, significaba mucho.

Festas de As Neves y Peñas eran eventos obligatorios. Luego estaban San Juan en A Coruña, Ortigueira, Albariño en Cambados, la fiesta del agua en Vilagarcía y esa clase de citas que entonces parecían ordenar el calendario social de casi todo el mundo de mi edad y a las que uno sentía que no podía faltar.

En mi cabeza, el surf ni siquiera entraba en la ecuación. En nuestra zona el verano solía traer poco mar, y por eso la escuela de Gerardo cerraba en esos meses. Además, al ser profesor, podía organizarse con una libertad que el resto del año no tenía. Le gustaban los grandes viajes, sí, pero también recorrerse Galicia en la furgo, de rompiente en rompiente, buscando las mejores condiciones, sobre todo por la zona norte, más abierta al Atlántico que las Rías Baixas y, según decía, en A Costa da Morte, siempre había olas.

Sabía que Gerardo estaba viendo a una chica en A Coruña, y aunque es muy independiente, intuía que andaría por esa zona. Lo que no esperaba era que me avisase para surfear juntos. No recuerdo si en algún momento me había dicho algo en plan ya te llamaré si sale algo, pero, aun en caso de que lo hubiera dicho, tampoco habría significado demasiado. Ese tipo de comentarios muchas veces se quedan en el aire y no pasan de ahí. Por eso, cuando me llamó, la sorpresa fue real. Más aún porque, visto con perspectiva, yo aportaba bastante poco a aquel plan. En aquel momento era más bien una especie de rémora, un aprendiz con ganas y poco más.

Me dijo que me acercase por Arteixo, que por allí podríamos coger buenas olas. Y con eso bastó. Aquel surfari tan esperado parecía, por fin, empezar a tomar forma. Así que en cuanto colgué llamé a mi amigo Xoán, que vivía en A Coruña, para preguntarle si podía quedarme en su casa. Él y José eran de la poca gente de mi círculo cercano que ya surfeaban, y eso lo hacía todo más fácil. Preparé los bártulos, cogí el coche y tiré para allí con esa excitación rara de cuando sientes que algo está a punto de empezar de verdad. Dormiría en su casa y al día siguiente temprano quedaríamos con Gerardo directamente en la playa de Barrañán.

No era un gran viaje, claro. Pero en mi cabeza ya lo parecía. Son menos de doscientos kilómetros desde casa, pero aquel trayecto por la AP-9, que tantas veces había hecho, aquel día era distinto. Ahora casi me da vergüenza decirlo, pero para mí era una auténtica aventura. La primera vez que iba a surfear fuera de las olas conocidas de la comarca del Salnés. No estaba exactamente nervioso, pero sí tenía un hormigueo muy vivo por todo el cuerpo, esa excitación que sentimos algunos ante la incertidumbre, como si el simple hecho de salir del guion cotidiano ya nos pusiese más eléctricos. Tenía muchas ganas de ver las olas y también bastante respeto por el ambiente que nos íbamos a encontrar en la playa. Por cómo hablaba Gerardo de aquella zona, todo hacía pensar que iba a encontrarme con un mar mejor, más grande y más potente que aquel al que estaba acostumbrado. Me sentía preparado. O, al menos, quería creer que lo estaba.

Otra cosa eran las películas. El cine mostraba destinos de olas perfectas, Bali, Australia, Hawái. Lo fascinante de aquellos sitios no eran solo las olas que salían en las películas o en los campeonatos. También que el agua estaba caliente. Gerardo decía a menudo que no había nada comparable a la posibilidad de surfear en bañador. Pero una cosa era ver todo eso en la pantalla y otra pensar en entrar allí de verdad. Eso exigía una técnica y una forma física que entonces yo aún no tenía. Gerardo solía llamar a todo eso olas de ordenador. Era un mundo para otros. Destinos para pros, no para aprendices como yo.

No estábamos cruzando ningún océano. Pero en mi cabeza aquello ya era un gran paso, un lugar distinto, con otras olas, más gente surfeando y según me habían dicho, se notaba más tensión en el agua. Y eso bastaba para que la imaginación lo agrandase.

Antes, claro, había que llegar. Y no siempre era tan fácil. Eran años en los que no había GPS y las indicaciones en Galicia solían depender de una mezcla bastante inestable de explicaciones orales, memoria aproximada y mucha fe en que nada hubiese cambiado. También de dar por hecho que todos entendíamos lo mismo cuando alguien decía cruce, desvío o camino de tierra. Si hasta las pocas veces que había ido a playas que no conocía en mi zona me había costado llegar, supuse que allí sería peor.

Con Gerardo, muchas veces, las indicaciones llegaban en una llamada de teléfono, casi sin cobertura, en la que, sin saber exactamente dónde estabas, te decía que siguieras por la general hasta ver un bar, que allí tirases a la derecha, siguieses un poco más y que, al llegar a un cruce, te metieses a la izquierda. Luego venían un par de kilómetros siempre a la derecha, una bifurcación, otro cruce, un tramo asfaltado, luego tierra y ya llegas. No tiene pérdida. Ese final era la señal inequívoca de que sí la tenía. Pero uno contestaba igualmente que estaba claro, que sin problema. Y, naturalmente, lo habitual era perderse.

Esta vez, sin embargo, Gerardo me lo puso fácil. Habíamos quedado en un aparcamiento junto a la carretera general, de modo que encontrar Barrañán no tenía mucho misterio. Esta vez, el problema no era encontrar la playa, sino dejar el coche. Sobre la agresividad de algunos surferos coruñeses con los de fuera yo ya había oído y leído bastante, y para alguien como yo eso bastaba de sobra para llegar alerta. Había historias de broncas en el agua, de cristales rotos, de pequeñas venganzas de aparcamiento y de una hostilidad ambiental que seguramente estaba exagerada por el boca a boca, pero que a esa edad se sentía del todo verosímil. Las pintadas de Only Locals añadían bastante tensión al decorado. Gerardo nos había avisado de que él no solía dejar la furgoneta demasiado cerca por si acaso, y la matrícula PO del 306 sedán de mi padre tampoco ayudaba a pasar desapercibidos. Nunca supe cuánto había de realidad y cuánto de leyenda urbana en todo aquello, pero bastaba para que la preocupación fuese real.

Llegamos más tarde de la hora acordada, así que Gerardo ya estaba en el agua. Nos cambiamos deprisa, neopreno, tablas, parafina, crema solar. No soy muy de fotos, pero por algún rincón del ordenador debe de andar una de aquel momento. No le di importancia entonces. Ahora me hace gracia solo saber que existe.

Cruzamos la duna con esa mezcla de ilusión y torpeza que delata enseguida al que llega por primera vez. Entraríamos solos. Xoán y José ya habían surfeado allí antes, pero yo no. Y aunque pudiesen orientarme un poco, yo solo me fiaba a ciegas de Gerardo. No tenerlo fuera me obligó a leer mejor el mar y a repasar por mi cuenta todo lo que le había oído tantas veces. Antes incluso de tocar el agua con los pies, mi primera gran duda ya era muy concreta. Por dónde se remontaba. Cómo se leía la corriente para no entrar donde no tocaba y enfrentarme al mar sin avanzar hacia la rompiente. Cómo se llegaba al pico sin cruzarse en la trayectoria de nadie y molestar. Todo eso también formaba parte del aprendizaje, aunque desde fuera pudiera parecer secundario.

Gerardo insistía mucho en el código de conducta de las olas, entre otras cosas porque sabía el poco respeto que solía haber con los aprendices en el surf libre. Si no espabilabas no surfeabas, si te pasabas de listo, no surfeabas. Entonces no estaba tan institucionalizado como ahora, que hay escuelas, carteles, infografías y medio internet repitiendo lo mismo. Pero él ya lo tenía clarísimo. Saber entrar y estar en el agua era una parte central de aprender a surfear, y por eso lo repetía siempre.

La idea básica parecía sencilla. La preferencia la tiene quien está más adentro y más cerca del pico, del punto donde la ola empieza a romper de verdad. El problema es que luego, en el agua, no siempre está tan claro dónde está exactamente ese pico ni hacia qué lado va a abrir la ola, sobre todo cuando el mar no está limpio o la serie viene un poco cruzada. Y si eres nuevo, además, a veces ni siquiera sabes leer bien esa jerarquía invisible. Ahí empiezan muchos malentendidos, y también algún listo que intenta aprovecharse.

Saltar una ola es meterse en la trayectoria de otro que ya se está desplazando sobre la ola y cogerla cuando no te corresponde. A veces se hacía por torpeza, por no haber visto al otro a tiempo o por no haber entendido bien cómo venía abriendo la serie. Otras veces no había tanta inocencia. Simplemente, alguien decidía que aquella ola era suya y punto.

Y luego estaba la serpiente, que era peor. Tú creías estar bien colocado y, en el último momento, alguien remaba por detrás, te rodeaba y aparecía por dentro casi por arte de magia. De pronto ya no eras tú el que tenía la preferencia. Oh, sorpresa. Te la habían hecho.

Y luego estaba todo lo demás, que no siempre se explicaba tanto, pero era igual de importante. No remar todas las olas como si el pico fuese solo tuyo. No soltar la tabla si viene una serie grande y te caza. No remontar por el medio si alguien viene surfeando. En el fondo, casi todo se resumía en lo mismo. No estorbar más de la cuenta. Saber estar.

Visto desde fuera, todo eso puede parecer un simple manual de buenas maneras. Pero no era simple. Las olas son escasas, el deseo abundante y los malentendidos se notan enseguida. Por eso una playa funciona muchas veces como una pequeña sociedad bastante exigente, con sus jerarquías, sus códigos y sus formas de sanción. Yo entonces no lo habría formulado así, pero sí sentía con claridad lo esencial. Que no bastaba con tener ganas, con perder el miedo o incluso con la técnica suficiente para coger una ola. Había que saber estar. En el fondo, una playa no era solo mar con olas. Era también una pequeña sociedad.

Con el calentamiento de rigor en la arena, y al agua. Me fié del instinto y tiré para dentro. No diría que entré con soltura, pero tampoco desentoné demasiado. Había un par de corcheros más y yo intentaba fijarme en ellos, en por dónde remontaban, dónde se quedaban, cuándo decidían ir o no ir. Fui entrando así, entre la atención y las ganas, con bastante más prudencia que brillantez. No sé si cogí un gran baño, y tampoco creo que esa sea la cuestión. Seguro que hubo ratos mejores y peores, alguna ola digna y bastante más tiempo intentando entender el pico que luciéndome en él. Pero, para ser la primera vez en una playa así, salí del paso bastante entero. Había entrado, había surfeado y, sobre todo, no había desentonado demasiado.

Además, no fue solo un baño. Fueron varios. Dos días de olas, de entrar y salir, de volver a ponerse el traje mojado, de notar el cansancio acumulado y empezar a entender por qué la gente que se movía más terminaba teniendo varios neoprenos. Yo no estaba acostumbrado a esa continuidad. En mi cabeza el surf seguía teniendo bastante de acontecimiento aislado, de sesión suelta. Allí empezó a parecerse un poco más a otra cosa. A una práctica. A una forma de ordenar los días.

También había algo casi iniciático en todo aquello. No era un surfari lejano ni una aventura exótica. Era Galicia. Y, sin embargo, para mí tenía ya el tamaño simbólico de un desplazamiento importante. Al salir de casa no solo se ampliaba el mapa de las olas. También empezaba a ampliarse el de la gente. Ibas viendo caras nuevas, nombres que todavía no te decían demasiado, maneras distintas de estar en la playa y, también, más nivel en el agua del que yo estaba acostumbrado a ver de forma habitual. Eso era algo que Gerardo repetía bastante. Que, de media, fuera solía haber más callo, más horas y más costumbre de moverse en olas mejores o más exigentes. Tenía matices, claro. En nuestra zona también había gente realmente buena. Pero, en conjunto, creo que no le faltaba razón. Y verlo de cerca también educaba. No para acomplejarse, sino para entender mejor dónde estabas y cuánto te faltaba.

Lo importante, sin embargo, es que nada de eso me echó atrás. Al contrario. Aquella playa no me recibió con los brazos abiertos ni me regaló ninguna épica. Me enseñó algo mejor. Que el surf era bastante más complejo, más serio y más rico de lo que yo había imaginado desde fuera. Había más códigos, más tensión y más cosas que aprender. Pero lejos de quitarme las ganas, me las multiplicó.

Luego tocó volver. El mismo camino de ida, pero ya no del todo igual. Volví de Barrañán queriendo más olas, más viajes y más tiempo dentro de todo aquello. Mientras conducía y dejaba atrás el Arteixo más industrial para coger el enlace de la autopista hacia Pontevedra, mi cabeza iba repasando a su manera lo vivido, no tanto en orden como a ráfagas. El cansancio agradable en el cuerpo, la intensidad de esos dos días, la sensación de que algo se había movido por dentro, el paisaje, la llegada por la zona de Valcobo, esa vista desde lo alto, y también aquella sucesión de playas nuevas para mí, Sabón, La Cueva, Valcobo, Barrañán, Caión, una franja de costa que, de pronto, sentía que debería haber conocido mucho antes.

Estaba todavía muy lejos de las aventuras que había visto en las películas. Pero aquel viaje ya no pertenecía del todo al terreno de la imaginación. Sin saberlo, había empezado a abrir un camino. Quizá no tan espectacular. Quizá más tarde que otros. Pero era el mío. Y, por primera vez, tenía claro que quería seguirlo.

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