PREFACIO SAN JORDI EDITION
Hace unas semanas terminé mis clases de Sociología del Consumo. Si tuviese clase hoy, como intento siempre meter cierta actualidad en el aula, una de las cosas que probablemente les preguntaría a mis alumnos sería si saben qué se celebra.
Seguramente saldrían respuestas rápidas y bastante lógicas. Esperaría pocas referencias al santoral y bastantes más a los libros, las rosas, una tradición bonita, un día romántico y cultural. Quizá alguno añadiría algo más, por memoria escolar o familiar, o simplemente gracias a la IA, que para eso está. Y me parecería bien. Pero no me interesaría quedarme ahí. No me interesaría tanto trabajar el qué como el porqué.
En mi opinión, muchas veces la sociología empieza justo ahí, cuando uno deja de conformarse con identificar una cosa y empieza a preguntarse por qué esa cosa ha llegado a ser así y no de otra manera. Quiero pensar que esa también es una forma de trabajar el pensamiento crítico, tan invocado sobre el papel y tan poco ejercitado en la práctica.
Bajo esas premisas llevo un tiempo trabajando en un proyecto que, en realidad, no es nuevo. Quienes me conocen saben que llevo muchos años escribiendo. Lo hacía en la universidad, en folios sueltos, en lugar de tomar apuntes. Lo hacía también en aquellos primeros rincones virtuales que permitían algo parecido a un diario. He escrito mucho más de lo que he compartido, en parte por demasiadas luchas internas sobre si algo debía ver la luz o no. Muchas horas en las que escribir me relajaba, me ordenaba o, al menos, me permitía convivir un poco mejor conmigo mismo.
Siendo sincero, cuando empecé a pensar que quizá tenía algo que contar sobre el surf, entendí que sería difícil que alguien pudiera comprender del todo mis planteamientos sin entenderme un poco a mí. No bastaba con decir que me cuesta quedarme con la primera explicación, que siempre he tendido a buscar incongruencias en los relatos oficiales. Y como eso es difícil de justificar sin más, había que entender por qué había llegado a mirar así. Había que conocerme un poco para que ciertas miradas, ciertas manías y ciertas preguntas tuviesen sentido. Porque algunas maneras de mirar el mundo, y también algunas conclusiones, no se entienden sin contexto. Ni sin los sesgos que cada uno arrastra.
A lo largo de mi vida escribí y perdí cientos de manuscritos que seguirán traspapelados en carpetas del trastero, archivos olvidados en discos duros de portátiles viejos y una cantidad incontable de ideas, detalles y caminos que en su momento me parecieron importantes. Durante la pandemia me propuse ordenar todo aquello y trazar una hoja de ruta para crear algo que pudiera aportar a mi familia, a mis amigos no surferos y a la gente de la playa.
Quería hacer algo bien hecho, bien redactado y que pudiera entretener un rato. Creía que podía aportar valor, aunque fuese a un círculo pequeño. Rehice materiales, recompuse recuerdos y creí haber encontrado una dirección.
Ahora, con retrospectiva, me doy cuenta de que invertía más tiempo en corregir, pulir y revisar cada detalle hasta sentir que estaba perfecto que en dar nada por terminado. Me costaba horrores cerrar, porque siempre parecía posible mejorarlo un poco más.
Con el tiempo entendí que no era solo falta de constancia. También había vértigo, miedo al final y pérdida de motivación. O, dicho de una forma menos dramática, bastante desorden mental. No sé si a alguien le sonará familiar, pero en mi caso el desenlace fue bastante simple. Se acabó la pandemia y el proyecto volvió al cajón.
Hace unos meses volví a él con una visión mucho más clara. Quería intentar construir algo útil. Y fue precisamente mi último cambio laboral el que terminó de alinear los objetivos del proyecto. Me gustaría que este texto pudiese servirme también como herramienta pedagógica, un lugar en el que apoyarme cuando algunos alumnos me preguntan por mi vinculación académica y personal con la playa y con las olas.
No siempre me resulta fácil trasladarles que no entiendo el surf como algo aislado, sino como una herramienta que a mí me ayudó a cambiar mi forma de relacionarme, de comportarme y también de descubrir muchas cosas que a veces parecen anécdotas, pero que ayudan a comprender la vida cotidiana y también cuestiones bastante más amplias. Cultura, marketing, turismo, identidad e incluso geopolítica. El surf puede ser una excusa bastante digna para entender el mundo y la sociología de una manera didáctica. Yo siempre odié esos libros que me ponían ejemplos americanos con los que no sentía ninguna afinidad.
El propio ejemplo de Sant Jordi difícilmente habría aparecido en muchos de los libros con los que yo estudié. Y, sin embargo, para mí es un ejemplo perfecto. Si tuviese esa clase de Sociología del Consumo que mencionaba antes, intentaríamos averiguar por qué a alguien se le ocurrió que debía celebrarse un Día del Libro. Podríamos reflexionar sobre la brillante idea del editor Vicent Clavel.
Descubriríamos que la celebración pasó de octubre al 23 de abril y que ahí ganó emoción simbólica al enlazarse con Sant Jordi y con una fecha asociada a Cervantes y Shakespeare. Incluso podríamos detenernos en ese pequeño matiz que a mí me gusta tanto y que, si me pusiese teórico, conectaría con la construcción social de la realidad. Cervantes y Shakespeare no murieron exactamente el mismo día real, aunque compartan el 23 de abril, porque se regían por calendarios distintos.
Esperaría que, con toda esta información, ellos solos pudiesen concluir que hoy no solo se honra al libro, sino que también se activa toda una maquinaria cultural y comercial alrededor de él.
Así que voy a intentar silenciar un rato a mi versión más crítica y consciente, subirme a la tradición de Sant Jordi y dejarme llevar un poco por la corriente. No voy a vender nada. Ni tengo campaña. Ni producto cerrado. Mi intención es algo mucho más modesto, y también más emocional. Una pequeña aportación cultural. Un borrador. Una especie de versión beta de este trabajo al que seguiré dando forma con la idea de terminarlo antes de que empiece el próximo curso.
Salud y buenas olas.
Diego Santos
